La anormalidad de la nueva normalidad

Por: Rosalía Vergara

Reportera de la Revista Proceso
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Columna #NoPolitices

 

 

Últimamente he estado pensando sobre los beneficios de haber nacido a finales de los setenta, ser adolescente en los ochenta, cecehachera y universitaria en los noventa y comenzar mi vida laboral en los albores del nuevo milenio.

Nunca sabré qué hubiera sido nacer y tener una infancia en medio de una pandemia y que el reclamo de los padres porque sus hijos se la pasan ensimismados en la computadora, que no convivan con otros niños por los videojuegos, etcétera, haya sido un vaticinio para prepararlos para un futuro donde salir a la calle podría resultar dañino para la salud.

Vi un video sobre la nueva normalidad de los niños en la escuela, en diferentes países, donde tienen marcado el patio para poder convivir a distancia, sus pupitres están separados, están en cubículos, se deben sanitizar antes de entrar, usar cubrebocas, mascarillas porque de lo contrario están en riesgo de enfermarse o de enfermar a los demás.

Si al ser una mujer adulta no me está resultando fácil vivir en el 2020, no me imagino lo difícil que será ser un niño en esta época.

Mucho menos me imagino cómo será ir al Centro Histórico de la Ciudad de México donde está concentrado todo lo importante para este país, pues la intención gubernamental de descentralizar fue interrumpida por el Covid-19.

El fin de semana pasado vi una imagen de la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México, donde invitaba a los mexicanos a visitar el centro usando cubrebocas, recordando que sólo el 50% de los establecimientos están abiertos y que las estaciones del metro Zócalo, Allende y Pino Suárez siguen cerradas. No se debe acudir en grupo.

Los lunes, miércoles y viernes podrán ir las personas con apellidos de la A hasta la L, los martes, jueves y sábados de la M a la Z. ¿Y los domingos? ¿Nadie? ¿Solo los residentes? No lo aclara la imagen.
Después se dio a conocer que la Nueva Normalidad en la CDMX incluye la instalación de filtros sanitarios, más calle peatonal y la recomendación de asistir al primer cuadro de la capital según el apellido.

Una duda, bastante válida que un ser me compartió fue cómo sabrían si quién acude al centro cumple con lo establecido, si instalarán retenes o pedirán alguna identificación. La verdad no lo sé, nadie lo especifica.

Supongo que las autoridades apelan a la buena voluntad de la gente, cuando la empatía es solo una palabra que se puede traducir en varios idiomas, pero no en acciones ni actitudes de la gente, no solo en México sino en todo el mundano mundo.

Aunque los funcionarios públicos capitalinos arguyen que esta no es una invitación para salir al espacio público, hay muchas personas que les pasa como a Homero Simpson: cuando les hablan solo piensan en rosquillas.

La mayoría de las calles del centro serán peatonales, excepto: Bolívar, Isabel La Católica, República de El Salvador, 20 de noviembre, Pino Suárez, Donceles, República de Uruguay, Manuel de la Peña y Peña, Belisario Domínguez y Venustiano Carranza.

Los negocios se reabrirán en pares y nones. De los mil 68 establecimientos, 158 son locales esenciales. El personal deberá usar cubrebocas y caretas, los lugares deben tener dispensadores de gel desinfectante, tener señalizaciones para guardar distancia.

De no cumplir con lo establecido habrá sanciones será el cierre por 15 días para los negocios que no cumplan con las medidas sanitarias. Durante el fin de semana fui a realizar mis actividades esenciales como comprar comida para la semana y, la verdad, disfruté como nunca ir al súper porque no había mucha gente y todos respetábamos el espacio de quién estaba escogiendo alguna fruta o verdura. Nadie le ganó el lugar a nadie ni hubo aglomeraciones ni nada.

Si se notó el miedo de tocar a la otra persona. Si, miedo a que el otro me pase el virus SARS-CoV2 y me lo lleve a mi casa, infecte a mi familia y sea una trágica noticia más como las compartidas en redes sociales.

También vi el respeto y no pude evitar pensar que quizá, si todos nos respetáramos por ser humanos y no por tener miedo, igual y esto no habría pasado.

Pero como el verbo hubiera es un tiempo imposible, es otra cosa que no sabré nunca en mi vida.
Solo hay algo que no me ha agradado de esta nueva normalidad, porque ser antisocial no es tan malo como se cree y es el tener dolores compartidos con mis seres queridos por la pérdida de alguno de los nuestros.

Pero la vida sigue, dicen. Así que, en esta nueva normalidad hay que aprender a ser anormales, valorándonos y respetándonos para no extinguirnos.

 

 

 

 

julio 7, 2020

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