Columna | Al vino, vino |

Por: Daniel Barranco

LA JUVENTUD EN TIEMPOS DE CÓLERA

Hablar de juventud y valores ciudadanos democráticos, es hablar de la responsabilidad de un generación entorno al devenir de sus sociedad. El ser joven, conlleva la responsabilidad de buscar siempre cambiar la situación crítica de un estado, severamente cuestionado y con un alto grado de descomposición social.

Sobra decir que la juventud se encuentra sometida por los aparatos ideológicos neoliberales, desorientando y por tanto limitado del gran potencial contenido en una generación capaz de transformar el sistema político actual.

Analicemos que no vivimos en democracia actualmente, sino más bien nos encontramos en un proceso de transición democrática, el cual se caracteriza por vivir un periodo de incertidumbre, donde no sabemos hacia donde transitaremos, pero si sabemos a dónde queremos transitar.

La democracia en su denotación formal y dogmática, es una forma de gobierno donde el pueblo es quien gobierna, sin embargo en la búsqueda de los valores democráticos, ¿cuáles se deben procurar?, si, los valores base de la revolución francesa de 1789 como uno de los acontecimientos icono de la democracia, son unidad, igualdad, y fraternidad, ¿no contradicen nuestra lógica político-social contemporánea?; pregunto y contesto a lo anterior, dado que no existen estados modernos liberales no democráticos, o estados modernos democráticos no liberales, existe una lucha por el orden de priorización de los valores a inculcar y difundir en nuestra juventud por parte de las elites. Mientras el liberalismo visto como una teoría moderna del poder político, pone por encima de todo la libertad individual, la democracia pregona una igualdad entre individuos poco compatible en la lógica del individuo como generador de sociedad, propuesta por el liberalismo.

Hoy en día, los tres pilares generadores de democracia se encuentran rotos, nulos e incapaces de llevar a cabo su labor, en principio, las instituciones gubernamentales encargadas de realizar diversas tareas para una satisfactoria convivencia social, son incapaces de generar programas de participación, la ya desgastada confianza de los ciudadanos hacia las instancias gubernamentales, hace escaso el nivel de participación, misma que constituye la base primordial de una democracia verdadera.

En segundo lugar, encontramos a partidos políticos que ya NO representan los intereses de los ciudadanos, de nuevo una fuerte contradicción surge, los partidos políticos se han vuelto el espacio de intereses de un pequeño grupo, dejando de lado las demandas ciudadanas y olvidando cuál es su razón de ser, enmarcándose en carreras electorales frenéticas, reduciendo al mínimo la expresión la democracia.

Por último, la sociedad civil se organiza en grupos de autoayuda, buscando una recomposición del tejido social, buscando así diversos apoyos o programas para seguir adelante con las iniciativas, sin embargo atravesamos por el duro camino de darnos cuenta que como el famoso dicho lo menciona “el que paga manda”.

La instauración de una verdadera democracia, exige una revolución, es decir una innovación de métodos, una revolución de ideas, el romper esquemas y paradigmas de antaño arraigados, porqué “quien abre los ojos una vez, no es capaz de volverlos a cerrar”,  buscando así la propagación de valores  capaces de dar un sustento a la sociedad para cambiar nuestro sistema político.

Por último debo recordar las sabias palabras vertidas el 2 de Diciembre en la Universidad de Guadalajara, por el gran mandatario Chileno Salvador Allende “Ser joven y no ser revolucionario, es una contradicción hasta biológica”, el ser revolucionario como mencione antes, conlleva innovar y generar una reacción en cadena de una conciencia social demeritada.

Seamos unos revolucionarios de conciencia y salvemos nuestro país.

diciembre 2, 2019

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