¿Y después del coronavirus, qué?

Por: Humberto Morgan Colón

COLUMNA QUE HABLE LA BANDA

 

 

En esta columna sostenemos, que habrá un antes y un después de la pandemia del covid-19.

No es una perogrullada, ni una frase simplista. No nos referimos a un determinado momento en el tiempo lineal, en el que un acontecimiento cualquiera, sucede y posteriormente es acompañado por otros hechos consustanciales a su naturaleza.


Nos referimos, a los devastadores efectos derivados de la recesión económica, que varios especialistas estiman mayor a los de la depresión de 1929. Nos referimos al cambio de hábitos de millones de personas, que consideran a la libertad, como la manera inercial de acudir al trabajo, la escuela, salir a divertirse o viajar por el mundo, sorteando los riesgos propios de sus implicaciones.

Nos referimos a el cuestionamiento de la ciencia como respuesta infalible, para resolver los enigmas y problemas de la humanidad. De igual manera, nos referimos a la vigencia o al demerito de las creencias religiosas y místicas, con las cuales miles de millones de personas alrededor del mundo, se explican algunos de los temas insondables de nuestra existencia.



Nos referimos a la calificación que cada pueblo otorgará a sus gobiernos, bien sean neoliberales, populistas, monárquicos o democráticos, una vez que termine la crisis.

Nos referimos también, a los cambios en los sistemas políticos y los equilibrios democráticos para afrontar con mayores armas el reto al que nos obliga la naturaleza. Nos referimos, a la autoafirmación de tendencias ideológicas o su transformación conceptual y material en otros sistemas políticos. ¿Ocurrirá?

Así mismo nos referimos, a los cambios personales que la pandemia motivará o no, en nosotros y si ello repercutirá en nuestros núcleos íntimos, comunidades o sociedades. Nos referimos a los miembros de las familias que han encontrado un vínculo de comunicación y acompañamiento propiciado por el encierro y en contraparte, la desmedida violencia contra las mujeres, generada por el enclaustramiento que ha registrado cifras aterradoras, en promedio 155 llamadas cada hora al 911, para solicitar auxilio a las instituciones que atienden esta problemática.

Nos referimos a la inseguridad desquiciada y desbordada que padecemos en el país, sin que se vislumbren soluciones.

Por último, nos referimos a las miles de personas fallecidas y a las que quedarán con secuelas originadas por la enfermedad, además de los impactos emocionales y económicos en sus seres queridos.

Nos referimos, en suma, a los efectos negativos y la capacidad de resiliencia que desarrollará nuestro pueblo y la humanidad, para paliar, resolver y sacar el mejor provecho de la tragedia.

Las actuales generaciones han presenciado guerras, cambio de regímenes políticos, golpes de estado, tiranías, hechos inusitados como la explosión de Chernóbil y la caída de las torres gemelas.

Terribles desastres naturales y la aceleración de la devastación planetaria, pero nunca se enfrentaron a un organismo microscópico tan poderoso, que ha puesto en tela de juicio, muchos de los principios sobre los que se levanta nuestra civilización.

Este es un punto de quiebre trascendental, que nos marcará como las sociedades que afrontaron, resolvieron y salieron victoriosas. Bien, para reproducir los mismos esquemas del hyperconsumismo, la obsesión digital convertida en shitstorm en las redes sociales, el deterioro en el cambio climático, un egoísmo exacerbado, el exceso de individualidad y de libertades que han trastocado los parámetros del respeto y la convivencia. O las transformaciones en nuestros patrones de vida, para hacer de este planeta más habitable, más generoso y empático.

Aún quedan muchos misterios por develar y tramos por recorrer en un escenario incierto que, dada la condición humana, es impredecible e imprevisible. En el que parece, que algunas de nuestras conductas se preservarán.

Por ejemplo, la confrontación por temas ideológicos y políticos, acompañada de una lucha feroz por la supervivencia, con el acicate de la austeridad impuesta por el colapso económico y por los gobiernos, particularmente el mexicano.

Además del aumento de la delincuencia organizada y la precariedad. De igual forma consideramos con profunda tristeza, que continuarán algunas guerras y la nueva carrera armamentista con fines geopolíticos, pues como ha sentenciado el filósofo Byung Chul Han, un virus no hará la revolución, ni cambiará en mucho, algunas de las prácticas habituales.

No obstante, nos queda apelar y confiar en la parte positiva de los seres humanos, en la solidaridad y la fraternidad, en la verdadera inteligencia que nos hace diferentes de otras especies, la del entendimiento y el cambio personal, que motive la transición a un mejor mundo.

Comprendiendo que esta tarea, si bien es responsabilidad de cada uno de nosotros, debe ser reforzada por las instituciones que dan soporte a la sociedad.

A saber: los diferentes tipos de familias, el sector educativo y los ámbitos de gobierno, que tendrán que predicar con el ejemplo, la honestidad, la eficiencia, la creatividad y llevar al bien común, como fin común.

En estos días de confinamiento, en los que tenemos tiempo para pensar y repensar, sugerimos, hacernos las iniciáticas tres preguntas de Inmanuel Kant y adecuarlas al momento que vivimos.



¿Qué debo saber? Para afrontar la crisis.

¿Qué debo hacer? Para superar la crisis, y ¿Qué me cabe esperar? Ese aliento de esperanza para trascender, para desterrar el sin sentido de una vida inauténtica, el Das Man de Martin Heidegger, para no reproducir una existencia alienada e inercial, como el hombre del se dice. El sujeto otro, el sujeto pasivo.

abril 30, 2020

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