COLUMNA| LA GUADALUPANA

Por: Humberto Morgan Colón

COLUMNA | QUE HABLE LA BANDA

 

Humberto Morgan Colón / Analista Político.

Llego la época del fervor navideño y con ella, la devoción y respeto que tenemos millones de mexicanos por la virgen de Guadalupe, quien nos ha acompañado -dicen-, desde que los españoles transmutaron a la deidad azteca Tonanzin (nuestra madre), en una versión europea tropicalizada y después conocida como la madre de Dios, Santa María de Guadalupe.

En efecto, para los que rendimos culto a esta creencia y para los que no, la virgen morena es un símbolo nacional y en el exterior, de mexicanidad. Una madre bondadosa y tierna, a la que millones de compatriotas respetan y veneran, independientemente de su sexo, edad o posición social.

Lo mismo campesinos, obreros, empleados, comerciantes, taxistas, camioneros, pequeños o grandes empresarios, artistas, políticos, deportistas e incluso hombres y mujeres de ciencia.

Es por esto, que el 12 de diciembre inician con algarabía las festividades decembrinas y las de fin de año. De ahí, la construcción de la frase coloquial que establece a este periodo como el Maratón Guadalupe-Reyes, que precisamente comienza el 12 de diciembre y termina el 6 de enero, con la llegada de los Reyes Magos.

Espacio que aprovechamos para descansar, reponer energías en vistas del nuevo año, hacer una retrospección de lo acontecido en el ciclo que termina, divertirnos, gozar, reunirnos con la familia y amigos, perdonar o que nos perdonen y gastar. Gastar hasta el 6 de enero, con los últimos regalos de nuestros hijos.


Tanto para los seguidores de la versión que expone a la virgen como una creación con fines exprofeso de evangelización católica, iniciada en 1531, así como para aquellos que comparten la versión mística de la aparición a San Juan Diego. La morena del Tepeyac forma parte íntima de la cultura mexicana, que se ha enraizado y extendido a otros países como Estados Unidos con nuestros connacionales y a diversas regiones de Latinoamérica.

Ahora, si damos por un hecho la idea de que los españoles concibieron y trajeron a la virgen a México sólo con abyectas intenciones.

Es paradójico pensar, que si bien la trajeron, ella como símbolo y fuerza, ayudó a expulsarlos del país, cuando el padre de la patria Miguel Hidalgo, enarbolo el estandarte con su imagen, rogando su bendición y acompañamiento. Mismos que estuvieron presentes, en el fundacional grito de independencia y en decenas de batallas que concluirían con la liberación del yugo y el saqueo a la nación.

Los que tenemos la creencia popular de que la virgen de Guadalupe es un regalo de Dios a México, también tenemos la certeza de que es una figura de fe y un importante referente cultural, que atempera las pasiones, que permite una convivencia respetuosa que permea a la sociedad y genera esperanza de una mejor vida en un país devastado por la pobreza y la violencia.

Guadalupe es una virgen que da consistencia a la sociedad en lo intangible y ofrece cumplir los milagros en lo imposible.
Por ello, no está exenta de controversias, empezando por su propio nombre, que sin duda es un nombre español, que refiere a la milagrosa estatua de nuestra señora de Guadalupe, otorgada por el Papa Gregorio el Grande al Arzobispo de Sevilla y que estuvo perdida por 600 años, para después ser encontrada por Gil Cordero quien fue guiado por una aparición.

La milagrosa y muy venerada estatua fue nombrada de Guadalupe porque así se llamaba el poblado ubicado cerca al lugar del descubrimiento.

La versión indígena refiere, que la virgen usó el término náhuatl de coatlaxopeuh, el cual es pronunciado “quatlasupe” y suena extremadamente parecido a la palabra en español Guadalupe. Del cual, coa significa serpiente, tla el artículo “la” y xopeuh significa aplastar. Creyéndose que la virgen se refirió a ella misma como “la que aplasta la serpiente”. Como en nuestro símbolo nacional, en el que el águila devora la serpiente.

Sin embargo, la polémica que concita entre católicos y agnósticos es trascendida por su simbolismo cultural, que más allá de la religión, nos permite identificarnos y consolidarse como un referente en lo social, lo artístico y lo humano. Y no será la excepción en su 488 aniversario, al que solo en diciembre, se calcula la llegada de más de 10 millones de peregrinos al santuario del Tepeyac.

Confirmándose, según la revista Forbes, como el sitio religioso más visitado del mundo, con 20 millones de personas al año. Seguido por el Vaticano, la tumba del gran Imán Reza, la cordillera de Kii en Japón y la Catedral de Notre Dame, entre otros.

Con la fe de muchos puesta en la virgen y los que desdeñan sus milagros. Podríamos iniciar una seria e interesante conversación, acerca de la existencia de Dios y otras figuras celestiales o de la inexistencia de estas. Al final, desde la ciencia, la filosofía o la teología, para muchos no existen certezas, ni de la infalibilidad de la ciencia, ni de la existencia plena de Dios, por lo que en ambos casos, solo es cuestión de fe.

En la ciencia o en las experiencias místicas de personas que han trascendido su tridimensionalidad y han accedido a sentimientos únicos, a los que desafortunadamente muchos no tendrán oportunidad de conocer.

Aunque podemos escuchar versiones como la de la senadora Jesusa Rodríguez que expreso en tribuna la frase del escritor y poeta Ignacio Ramírez, el Nigromante. “No hay Dios, los seres de la naturaleza se sostienen por sí mismos”. Podríamos preguntar desde un marco de referencia filosófico, “se sostienen por sí mismos”, en efecto, pero ¿Quién los creó, cuál es su origen, evolutivo o proveniente de un principio metafísico? Las respuestas que nos podemos ofrecer son las del bando que hemos decidido elegir, creyentes o agnósticos.

Pues es tan mágica e inverosímil la versión del Big bang, la teoría de la gran explosión, que según los científicos data de hace 13,810 millones de años. En la que todo comenzó y en la que en un principio, establece que toda la materia del universo estaba condensada en un solo punto del tamaño de la cabeza de un alfiler y por situaciones desconocidas, explotó y desde entonces, la materia constitutiva de las estrellas, las galaxias, constelaciones y planetas está en un constante expansión, en vastas pulsaciones que un día terminarán y comenzará  el proceso regresivo, hasta probablemente, concentrarse otra vez en el punto primigenio.

Como mágica e inverosímil puede resultar la versión de la biblia que expresa en el Génesis. “Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz. Y vio Dios que la luz era buena; y separó Dios la luz de las tinieblas. Y llamó Dios a la luz Día, y a las tinieblas llamó Noche. Y fue la tarde y la mañana un día. Luego dijo Dios: Haya expansión en medio de las aguas, y separe las aguas de las aguas. E hizo Dios la expansión, y separó las aguas que estaban debajo de la expansión, de las aguas que estaban sobre la expansión. Y fue así. Y llamó Dios a la expansión Cielos”.

En lo personal, ambas versiones me parecen tan similares en términos del pensamiento occidental, en las que todo debe tener un principio y un fin. La gran explosión, el Big bang y la sentencia. “Sea la luz; y fue la luz”. A diferencia de la concepción budista del universo, anaditva, la inexistencia del comienzo, en la que el universo no fue creado por un ser superior, forma parte de ciclos de destrucciones y de creaciones, sin origen, ni fin.

Otra similitud de ambas versiones es en el caso del Big bang, la expansión de la materia y en el caso del Génesis, la alocución “He hizo Dios la expansión, y separo las aguas que estaban debajo de la expansión, de las aguas que estaban sobre la expansión.”

Otra similitud más, es la que considera la teoría evolucionista a los océanos como el origen de la vida en la tierra y en la Biblia la siguiente semejanza. “Dijo Dios: Produzcan las aguas seres vivientes, y aves que vuelen sobre la tierra, en la abierta expansión de los cielos. Y creó Dios los grandes monstruos marinos, y todo ser viviente que se mueve, que las aguas produjeron según su género, y toda ave alada según su especie”.

Pues bien, mientras reflexionamos sobre nuestras creencias, habrá millones de mexicanos que asistiremos a la Villa de Guadalupe este 12 de diciembre, para visitar a la virgen y confirmar que ella no solo se ubica en un plano metafísico, sino como un símbolo y eje que da identidad a nuestro pueblo.

diciembre 12, 2019

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