Columna| Que hable la banda

Por: Alfredo Páez Galindo

Humberto Morgan Colon / Analista

 

Por: Humberto Morgan Colón/

La entrega anterior de esta columna describió de manera general, algunas causas que posibilitaron el nacimiento de las bandas juveniles de los años ochenta.

En ella, destacamos las coincidencias y el entorno caótico y violento que las propició. Situación no muy distante a la que vive la juventud en los tiempos actuales, un escenario para reflexionar la presente etapa y la importancia de los jóvenes en un momento crucial, en el que el Estado, impulsado por un Gobierno que pretende la cuarta transformación del país, se tiene que reconstruir bajo parámetros distintos a los del neoliberalismo, que ha dejado severas consecuencias en la falta de crecimiento económico, desigualdades estructurales, violencias sociales y una rampante inseguridad, que sin duda afecta a todos.

Pero de manera particular, a los jóvenes, muchos de ellos víctimas y victimarios, al involucrarse en la delincuencia, los feminicidios y crímenes de odio, hasta el suicidio. Que sufren altas tasas de desempleo y un crecimiento exponencial del subempleo, pues ahora podemos encontrar dentro del nuevo catálogo de oficios, el de “halcón, narcomenudista, sicario y huachicolero”.

Por desgracia, somos un país con resabios antidemocráticos y de exclusión, con altos índices de desigualdad e inseguridad, con actitudes racistas que crecen alarmantemente. Donde el sector juvenil desde hace varias décadas aporta los muertos del narcotráfico, de la delincuencia común y ahora también los del comercio ilegal de los combustibles.

Hoy tenemos una juventud desechable, utilizada por el crimen organizado como dillers, sicarios, informantes, polleros o secuestradores, que por una miserable paga, mueren diariamente y soportan los sacrificios de tan denostables actividades.

Por si fuese poco, vemos un regreso preocupante de posiciones similares a la de los años de 1970, con discursos antagónicos, que obligan a la sociedad a asumir con fervor, posiciones binarias. Chairos o fifís, pueblo bueno o mafia en el poder.

Escenarios que creíamos superados desde la década de los ochenta, cuando dejamos atrás la confrontación entre nacos y pirrurris, entre chavos banda y chavos fresas. Con un Gobierno que no atina aún –probablemente por los pocos meses que lleva en ejercicio-, a impulsar una propuesta seria de atención a la juventud, ni a fortalecer la política pública para jóvenes y por el momento, vuelve al refrito de la dadiva y al espejismo de la compensación económica, como único motivador del desarrollo juvenil, con becas escolares y el maltrecho programa de asignación directa de recursos, “Jóvenes Construyendo el Futuro”.

Aunque ya varios años atrás, Pierre Bourdieu en su ensayo “La dimisión del Estado” advirtió que la ayuda directa a la persona no crea comunidad y tiene consecuencias diametralmente opuestas a lo esperado, esto, en perfecta consonancia con el enfoque neoliberal. Debido a que la asignación directa de dinero a las personas -decía Bourdieu-, “reduce la solidaridad a una simple asignación financiera y solo apunta a permitir consumir o a incitar a consumir más”. Nosotros podremos agregar, que no crea una salida real para los jóvenes, sino un ejército electoral para el Gobierno en turno.

Sin embargo, con cierta ingenuidad, pero con más deseo de construir entre todos rutas de inclusión, y aprender del pasado –cosa que es difícil en un mundo obsesionado por el aquí y el ahora, que vive en un tiempo atomizado-, y por tanto recurrentemente inconexo, como lo ha detallado Byung Chul Han, en su libro el “Aroma del Tiempo”.

Comparto a ustedes una brevísima reflexión sobre la organización de las Bandas Juveniles de la década de 1980, con la intención de evitar en lo posible, más equivocaciones en la atención a los jóvenes de la actual generación, para desterrar la segregación y el olvido de este sector, y para que no sean utilizados políticamente por enésima ocasión.

A 41 años de la aparición de las Bandas Juveniles, es obligado para nosotros repensar su contribución social y si es que su experiencia sirve de marco de referencia para las nuevas generaciones. Debo reconocer, que ahora los jóvenes son más inteligentes y abiertos que cuando nosotros lo fuimos. Pero el peligro no está en ellos, sino en un Gobierno -lo digo con respeto y con objetividad-, de sexagenarios con poco oído a nuevas propuestas y visiones. Que apuestan aún por refinerías, en lugar de la creación de energía eólica o solar.

Pensar el mundo hoy, es sin temor a equivocarme, mucho más complejo, que descifrar el mundo acaecido en la década de los ochenta, donde irrumpió la generación X. Primero con sus pandillas, hasta que fueron tipificadas en 1968 en el Código Penal, como organizaciones delictivas. Y luego, con las grandes migraciones del campo al Distrito Federal, consecuencia de la agudización de las desigualdades sociales, la pobreza y la represión. Elementos propicios para el surgimiento de fenómenos vivenciales ajenos entonces a la ciudad y con ellos, la aparición de las Bandas Juveniles. Que, para fines de este articulo describiremos sucintamente en tres etapas, determinadas por periodos de tiempo.

La primera, surgida entre los años de 1978 y 1985, la más beligerante, la más violenta, la más anárquica, la conocida como la de los “Sex Panchitos Punk” versus las Bandas Unidas Kiss (BUK). En la que las riñas entre estos Grupos y con la policía, los episodios de robos a pequeños establecimientos, el secuestro de camiones de transporte público, la alianza con las asociaciones porriles del IPN y de la UNAM y el rechazo a lo establecido con una forma provocativa de vestir y de expresarse, motivo en políticos de alto nivel del Partido Revolucionario Institucional (PRI), en ciertos académicos, en medios de comunicación y en una parte sustantiva de la opinión pública, un rechazo que exacerbado se transformó, como bien lo comenta Héctor Castillo Berthier, en el tiempo que por primera vez se estigmatizo a la juventud pobre, como los grandes enemigos de la sociedad.

Un tiempo en que los titulares de los periódicos más importantes del país, los de nota roja y los pasquines, mostraban día a día, a ocho columnas, la supuesta anormalidad de los jodidos. Momento en que los noticieros de mayor audiencia como el de Jacobo Zabludovsky, “24 horas” y el de análisis periodístico “60 minutos” de Juan Ruiz Healey, satanizaban a los jóvenes noche tras noche, hasta ridiculizarlos y crear en el inconsciente colectivo, una imagen de terror y de odio solo por ser jóvenes y por ser pobres. Sin expectativas, ni oportunidades laborales, educativas, culturales o recreativas. Época en la que se transitó de la concepción del joven “vago sin oficio ni beneficio, o de rebelde sin causa” a enemigo social, violador, asesino y delincuente.

La segunda etapa, ubicada después de los sismos de 1985, con duración hasta 1992. Estableció una organización formal, influenciada por el advenimiento de la sociedad civil después del terremoto, y alimentada por esquemas organizativos de distintas agrupaciones radicales y de izquierda. Época de consolidación del “Consejo Popular Juvenil (CPJ), Ricardo Flores Magón”. Primera y más grande Organización de Bandas Juveniles, lidereada por Andrés Castellanos, y coordinada por Francisco Velázquez y Ernesto Fajardo.

Orientada a frenar la violencia, a tender puentes entre el Gobierno y la policía con los jóvenes y a consolidar diversos proyectos productivos, como talleres de mecánica automotriz, de muebles de ratán, de serigrafía y su mayor aportación, los Centros de Orientación, Formación y Atención Popular (COFAPs), escuelas del pueblo para el pueblo, en las que los miembros más instruidos de la comunidad enseñaban a los menos favorecidos. Así, profesores, deportistas, maestros en oficios, psicólogos y doctores, entre otros, dedicaban una parte de su tiempo de manera gratuita a capacitar y enseñar a niños, jóvenes, adultos y adultos mayores.

El CPJ, Diseño una estrategia inédita con estos Centros, los jóvenes se convirtieron en el eje de la comunidad al entreverar a niños y adultos con un proyecto netamente juvenil y de transformación social. Desplego una gran capacidad logística y de gestión, para efectuar cientos de encuentros deportivos, como la carrera atlética anual “Furia Callejera” y decenas de torneos de artes marciales, box y futbol. Mantuvo una lucha permanente contra el Gobierno, para que se reinstalara el Instituto Mexicano de la Juventud, ante la decisión errónea y de cálculo político del expresidente Carlos Salinas de Gortari, que desapareció en 1988, el Consejo Nacional de Recursos para la Atención de la Juventud (CREA), sustituido por la Comisión Nacional del Deporte.

De manera paralela, el CPJ, se dedicó a dar voz a los jóvenes urbano-populares, a restablecer su dignidad y hacer contrapeso a la estigmatización, al rechazo social, a la represión y al odio que mantuvo durante muchos años el Gobierno, cierta parte de la sociedad y los medios de comunicación masiva contra ellos. Algunos de sus miembros participaron en distintas publicaciones sociológicas sobre este movimiento, como “Genealogía de las Bandas, Donde empieza el silencio”. Una época de basta creación y organización, que mantuvo relaciones con Grupos nacionales e internacionales, asociaciones, partidos políticos, dependencias de Gobierno e instituciones académicas.

La tercera y última etapa, registrada de 1992 a 1997, fue la de la sistematización de los programas y proyectos exitosos, así como de la escisión del CPJ y el nacimiento de la asociación civil, Sociedad Veintiuno, que llevó a distintas partes del mundo y con diversos colectivos, las experiencias de los años pasados. Lo mismo en la Cumbre de la Tierra en Rio de Janeiro, que con las pandillas del este de los Ángeles y del sur del Bronx en Estados Unidos, o con cientos de jóvenes de tribus originarias de Norteamérica como los Blackfoot, Cheyennes y Otawas, en Denver Colorado.

De igual forma, participando en el comité preparativo de la Cumbre de las Ciudades en la Organización de las Naciones Unidas en New York, que en la realización de la Cumbre del Habitat II, en Estambul Turquía y también en San José de Costa Rica, con las Barras de inmigrantes nicaragüenses, asentados en la periferia de esta ciudad. Así como en diversas entidades de la república mexicana, intercambiando experiencias con otros grupos de jóvenes y transmitiendo lo aprendido.

Además de desarrollar múltiples actividades culturales y recreativas. De la misma manera, organizando masivos eventos musicales, que no solo crearon cooperativas musicales productivas y de grafiti, sino inhibieron sensiblemente el consumo de alcohol y drogas en estos eventos y como consecuencia disminuyeron la violencia, sin la necesidad de policía.

El resultado de la organización juvenil estratégica, con perseverancia y con ideales, nos permitió dentro de múltiples equivocaciones, dejar una historia a la ciudad de tesón, esfuerzo y logros sociales, desde asumir una actitud de rebeldía y confrontación a lo establecido, hasta la de sobreponernos a la adversidad y a la estigmatización, para luego provocar en la sociedad, cambios culturales, no solo en la forma de vestir y de hablar, de conducirnos y de asumir la vida, sino en la que llamamos la atención de la sociedad, para hacernos escuchar y que se atendieran nuestros reclamos.

Aquellos pantalones rotos, los tatuajes y la forma extravagante de nuestros atuendos y peinados, por los que fuimos reprimidos, encarcelados y vejados, hoy son inherentes a los jóvenes y respetados o por lo menos tolerados por los adultos. Los programas de Gobierno sugeridos por nosotros, paulatinamente se convirtieron en una creciente política pública de atención juvenil, aún inacabada y diría yo, desdeñada por las últimas Administraciones. Esto también sea dicho con verdad, aprovechando la inacción, el desencanto y el rechazo de la juventud a la política y a los Gobiernos.

Para muchos investigadores, medios de comunicación, un grueso de la opinión pública y políticos tradicionales, el movimiento de las Bandas Juveniles fue un fenómeno delincuencial y de violencia exacerbada, en el que no hay nada que rescatar y sí, mucho que criticar, lamentar y castigar. No obstante, la juventud con su capacidad y su potencia para crear, para transformar, para comprometerse y cambiar la realidad, generalmente demuestra ante la indolencia, el miedo y los oídos sordos de muchos adultos, su valía y la necesidad de apoyo para que haga más.

Como es común a los fenómenos organizativos juveniles, el de las Bandas no careció de su buena dosis de descredito social, pero al final demostró que, de lo más elemental, de lo que la mayoría rechaza, se pueden crear historias de cambio y transformación.

octubre 10, 2019

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