Columna| Que hable la banda

Por: Alfredo Páez Galindo

Humberto Morgan Colon / Analista

Por: Humberto Morgan /

Los años que vivimos la barbarie

El horror de acostumbrarnos al horror ya es parte de la sociedad mexicana desde hace varios años y amenaza convertirse en resignación, impotencia y conducta generalizada.

La necesaria, pero insensata estrategia con la que se declaró la guerra al narcotráfico nos ha mostrado historias nunca vistas en el México contemporáneo.

Descabezados, masacrados, torturados, ejecutados con el tiro de gracia, restos humanos apilados en fosas clandestinas, cadáveres colgando de puentes, cuerpos atestando las morgues y pozoleros, son los referentes de nuestro tiempo, de nuestra malograda civilización.

Hoy en las redes sociales, sin pudor y con cierta necrofilia, somos testigos cotidianamente de actos de barbarie cometidos por delincuentes y locos de la peor ralea, o por personas que en su “legítimo derecho a la defensa”, vejan, linchan, matan y queman a infractores de la ley.

Estos últimos actos, son aplaudidos por una población harta de la delincuencia y de la incompetencia para ponerle fin. Sin embargo, nos vuelven un tanto iguales a los criminales que aborrecemos.

Hace un par de meses, mientras se publicitaban los 40 foros para la realización de la Constitución Moral y absortos en la amenaza de Trump, con el alza a los aranceles en productos mexicanos. Vimos en distintas plataformas electrónicas, la ejecución de Germán Mauricio, el niño que fue asesinado a sangre fría en una tienda de conveniencia de Manzanillo.

Con terror observamos la brutal agresión de un sujeto en Navojoa, a la dueña de una tienda deportiva, que al darle la espalda, la golpea con un bat de forma cobarde y artera.

De igual manera observamos a supuestos policías, propinando una severa paliza a un presunto delincuente, que estaba amarrado a la parte trasera de una camioneta de seguridad. Y en otra escena, civiles que marcan en la espalda de un probable ladrón, la frase “POR RATA”, hecha con un hierro candente, como el que se utiliza para identificar al Ganado.

Estos hechos y los que se amontonan cotidianamente, nos desconciertan y consternan momentáneamente. Porque sin duda alguna, en pocas horas vendrán nuevos episodios, que superarán la crueldad y la infamia, haciéndonos olvidar los anteriores.

A solo unos días de que se cumpliera el plazo de seis meses que prometió el presidente López Obrador para frenar la delincuencia y pacificar el país.

Con rimbombante discurso el Secretario de Seguridad y Protección Ciudadana federal, Alfonso Durazo, anunció “el punto de inflexión de los homicidios dolosos y la baja en la percepción de inseguridad en el país”.

Pero horas más tarde, ese argumento sería controvertido y hecho pedazos por la grave realidad de la nación, con la emboscada a un convoy de policías en Aguilillas Michoacán, donde murieron 13 elementos de la corporación.

Un día después, otro hecho que cobró la vida de 14 civiles y un militar en Topachica, Iguala, en el estado de Guerrero, nos mostró -como suele ocurrir-, que solo en las cifras oficiales bajan los índices de violencia, porque en las calles y en la vida real, todo sigue empeorando.

Quizá por ello, llegado el plazo de los seis meses y ante el evidente incumplimiento de las promesas para pacificar al país, el secretario Durazo una vez más se presentó ante la opinión pública, para sentenciar que la violencia y el alto a la criminalidad se concretara en tres años.

En una sociedad en vías de convertirse en necrófila, cada acontecimiento de este tipo nos prepara para uno mayor y más inhumano, y nos muestra el grave error de desaparecer a la Policía Federal, sin la consolidación de la Guardia Nacional.

De la misma manera nos enseña, que al minar la capacidad del ejército, quien crece no es la conciencia de los miembros del crimen organizado, que por supuesto no comparten la filosofía del presidente.

Pues ven instituciones frágiles que pueden seguir corrompiendo, asesinando a sus elementos, aterrorizando con su crueldad y sosteniendo de tú a tú, batallas con mejores armas, con tácticas aprendidas en las mismas instalaciones militares y logísticas más desarrolladas.

La vieja idea de la izquierda, acerca de que la criminalidad se combate con educación y el mejoramiento de la calidad de vida que ofrecen los programas de compensación social, en cierta forma es cierta. Solo que a ritmos sostenidos, tardan por lo menos una generación en rendir frutos. Tiempo necesario para cambiar valores, hábitos culturales y de convivencia social.

Por lo que en verdad se necesita mantener una política pública de ayuda a los estratos más vulnerables, pero al mismo tiempo, fortalecer las capacidades de los cuerpos de seguridad, los mecanismos de inteligencia y restricción financiera. Mientras no ocurra esto, ni los ejércitos celestiales dotados con la cartilla moral, podrán frenar la barbarie.

Según el diccionario, “barbarie es la actitud de la persona o grupo que actúan fuera de las normas de cultura, en especial de carácter ético, y son salvajes, crueles o faltos de compasión hacia la vida o la dignidad de los demás”.

La barbarie es hoy, un rasgo distintivo de nuestra sociedad, incentivada entre otras causas, por el odio y la confrontación en lo político y en lo cultural. En el que de manera esquizofrénica se promueve el “abrazos y no balazos” y por otro lado se incentiva la trasnochada y anacrónica lucha de clases, entre conservadores y liberales, fifis y chairos.

En los que la estúpida estrategia de la guerra contra los cárteles de la droga es igual de inservible a la inacción del Estado y a los consejos con los que deben insistir las madres y las abuelas para conminar a sus hijos y nietos a abandonar la delincuencia.

La actitud del Gobierno hoy me recuerda a los consejos que damos los padres para que nuestros hijos se cuiden y adopten valores morales. Mensaje que se rompe cuando salen a la calle y ven en los titulares de los periódicos la corrupción de los políticos, la brutalidad del crimen, la falta de solidaridad de la sociedad y los mensajes en contrasentido, entre lo que deben de hacer y a lo que los estamos empujando a realizar, con la polarización proyectada desde las más altas tribunas del país.

La confrontación entre pueblo bueno y mafia en el poder nos deja como consecuencia, mayor tolerancia a la violencia y al odio, a dividirnos y confrontarnos, para que todos nos afanemos en descalificarnos e insultarnos y no, en encontrar fines y objetivos comunes. De esta forma, no nos reconocemos como una sola nación, en verdad multiétnica y multicultural, pero al final, la misma nación.

octubre 18, 2019

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