Columna| QUE HABLE LA BANDA

Por: Alfredo Páez Galindo

Por: Humberto Morgan/

El Surrealismo y la posverdad en la 4T

Como diría nuestro presidente, “Con Todo Respeto”, cualquier ciudadano puede preguntarse fríamente ¿Qué es el surrealismo? y sí ¿las promesas de campaña con respecto a la seguridad pública se han cumplido? Ello, debido a que miles de personas creyeron con devoción, que el 1 de diciembre de 2018 se acabaría la corrupción, ese mal endémico que nos ha hecho tanto daño.

Y el 22 de octubre de 2019, terminaría la inseguridad, el cáncer que carcome las entrañas del país, que devasta al pueblo bueno y destruye por igual a conservadores y fifis.

Respondiendo, diremos en ánimo de concreción, que el surrealismo es una corriente artístico-literaria, que reconoce en André Breton a su fundador y principal ideólogo, autor del manifiesto del movimiento, publicado en París en 1924.

La palabra proviene del francés surréalisme, cuyo origen se atribuye a Guillaume Apollinaire, quien la usó en 1917 en el subtítulo de una de sus obras y significa “lo que está por encima del realismo”.

Frase concebida para superar el Racionalismo Burgués, que imponía límites a la imaginación. Esa imaginación que se desborda en la idiosincrasia mexicana y que algunas veces cae en lo excéntrico, en lo psicótico o en lo irreal.

Respecto a la respuesta de la segunda pregunta, diremos con los datos en la mano, que las cosas no han cambiado, esta es la irrefutable y necia realidad. No es verdad que vayamos bien. Las promesas del presidente siguen siendo sólo promesas y nos urge la verdadera transformación.

No la ofrecida en el periodo electoral, la que compramos por imitación, por interés o por hartazgo. Sino la que cambie la realidad para bien de todos, la que nos una, la que nos haga empáticos para caminar hacia un objetivo común, la nación.

El México mágico, es el de la belleza y riqueza de nuestro país, el de sus pueblos y diversas culturas, el de su anfitrionía y su talento. Sin embargo, esta hermosa faceta tiene su contracara, el rostro ilusionado de una parte del pueblo, que cree que terminaran sus males con un sueño, con magia, con un tlatoani.

Pero al despertar, siguen los males y el pueblo considera que no es el sueño en sí, no es el tlatoani, no es su magia la que ha fallado, busca excusas en causas externas. Dice: lo que no permite avanzar, es un pasado ominoso, el cochinero construido en periodos neoliberales, es la ira de los conservadores que crean complots para asesinar personas en Minatitlán o Michoacán, para que el costo político tenga destinatario, el presidente.

El surrealismo “que está por encima del realismo”, forma parte íntima de la 4T. Basta un botón de muestra para verlo: el aeropuerto de Santa Lucía. El proyecto, no consideraba un cerro en el que pueden estrellarse los aviones, ahora se tendrán que pagar 8 mil 215 mdp más para devastarlo.

Para darle viabilidad, se tendrán que adquirir mil 200 hectáreas más de terrenos privados, que tampoco habían sido considerados, otra millonada. Será inaugurado en 2021, pero en plenitud, funcionará hasta el 2069 y para que no compita con la terminal aérea de los neoliberales, se instruyó la inundación de la costosísima obra de Texcoco, aunque lo ya devengado, lo pagara el pueblo de México como en el esquema del Fobaproa.

Ahora bien, ese ciudadano inquieto, también puede preguntarse ¿Qué es la posverdad? Y le responderemos, que el diccionario Oxford señaló que la palabra del año 2016 fue post-truth, que en español traducimos como posverdad.

Concepto que señala que entre la verdad y la mentira, hay un territorio difuso que escapa a esas dos definiciones. La posverdad supone la vaguedad en la frontera de la verdad y la mentira, creando una tercera categoría distinta a las dos anteriores.

Una en la que un hecho, ficticio o no, es aceptado de antemano por la simple causa de encajar con nuestros esquemas mentales, por nuestra conveniencia política o por la falacia de autoridad que imponen algunos medios de comunicación y personajes con poder o reputación pública. Es una construcción u opinión que se pretende imponer por encima de los hechos. El ejemplo más reciente lo constituye el episodio del Chapito en Culiacán, Sinaloa.

El pasado jueves 17 de octubre, el Gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador, exhibió su punto de inflexión. No fue el parteaguas anunciado por el Secretario de Seguridad federal, Alfonso Durazo, con respecto al decrecimiento de los homicidios dolosos y la violencia en el país. Sino un garrafal error, que hará una diferencia en la percepción pública y probablemente en el apoyo en las elecciones de 2021, al hoy partido en el poder, Morena.

En la peor crisis de la actual Administración, el control de daños es tan desastroso como errático. Con seis versiones distintas de los hechos, más la polémica confesión del presidente, que declaro que desconocía la ejecución del operativo en el que liberaron a Ovidio Guzmán (el Chapito).

Muchos de sus críticos y escépticos, no pueden comprender que un personaje todo poderoso -el presidente de los 30 millones de votos-, no tuviera conocimiento de la operación de captura, de un valioso objetivo pactado con los Estados Unidos. Y siendo así, es aún más incomprensible que no hayan rodado cabezas de alto nivel y que los chivos expiatorios del caso, sean miembros modestos del Ejército Mexicano.

Como en los viejos tiempos, para contrarrestar los costos políticos, los medios afines a la 4T, se han desvivido y desgañitado para otorgarle la calificación de humanista a un presidente que no tomo la decisión de liberar al hijo del Chapo, porque según Alfonso Durazo, el Gabinete de Seguridad lo hizo de manera unánime, al no tener comunicación con el ejecutivo federal, quien se dirigía en un vuelo comercial a cubrir una gira de trabajo en Oaxaca.

Para ser objetivos, tal distinción, no se le puede ofrecer a nadie que no haya tomado la polémica determinación, que al final evitó un baño de sangre en la capital sinaloense.

Luego entonces, la mención de humanistas debería corresponder a cada uno de los miembros del Gabinete de Seguridad y aún, su lealtad y respeto por el presidente, no le pueden transferir la presea, ni dejársela en custodia como lo hizo Rosario Ibarra de Piedra con la medalla Belisario Domínguez.

Por lo que es incomprensible, que sus voceros y compañeros de Gobierno y Partido, lo distingan de esta forma. ¿A quien se le podría dar el premio del mejor jonrón? Solo al que estuvo en el juego y pego el batazo más largo.

No a quien dicen que lo hizo a larga distancia, eso es imposible. Sin embargo, de ese hecho es del que ahora nos quieren convencer. Eso son los otros datos, los que tienen ellos y de los que nos quieren imbuir.

Así, reinstalada nuevamente la posverdad y el surrealismo como mecanismos al servicio de los hombres y mujeres del poder, nos vamos sumergiendo en aquellas épocas del priismo de los setentas, que se creían ya olvidadas.

La muestra fehaciente de ese realismo mágico es que casi a la misma hora que Culiacán vivía horas aciagas, AMLO era vitoreado y rodeado por el cariño de niños oaxaqueños, como si no se hubieran suscitado los hechos en la capital de Sinaloa. Imágenes parecidas que llegan de muy lejos a nuestra memoria, como las de Luis Echeverria Alvares y José López Portillo.

Surrealismo puro y posverdad con las que tratan de convencer de manera cotidiana, de los otros datos en la economía, en la seguridad y en la salud. Aunque casi todos sentimos como se deteriora nuestro poder adquisitivo, que no hay medicamentos en los hospitales, que las ministraciones de los programas sociales no se entregan a tiempo y la violencia y los homicidios dolosos, ya rebasaron cualquier previsión.

Así como existió una Foxilandia, hoy tenemos Pejelandia, una realidad alterna en la que solo los beneficiarios del poder son los depositarios de las bondades de la cuarta transformación.

octubre 24, 2019

Un comentario en “Columna| QUE HABLE LA BANDA

  • el octubre 24, 2019 a las 5:40 pm
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    Gracias por compartir. Como pueden estar tan ciegos y sordos, o es que no quieren ver

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