COLUMNA | QUE HABLE LA BANDA

Humberto Morgan Colón. Analista Político.
Humberto Morgan Colón. Analista Político.
Humberto Morgan Colón / Analista Político.

La República de los otros datos
Por: Humberto Morgan Colón/

Es común a los Gobiernos en turno, comunicar versiones distintas de la realidad percibida por la mayoría de los ciudadanos.

Simple y sencillamente, porque desde la operación de la Administración Pública, se vive una realidad distinta y se debe ostentar, autoafirmar y difundir, que quien gobierna; es competente, conocedor, no se equivoca, tiene un alto compromiso con el pueblo y cambiará la forma de hacer las cosas, de cómo las hizo aquel adversario a quien criticó y al que venció en campaña.

Por ello, tenemos las narraciones maravillosas, triunfalistas y surrealistas que dieron pie a crear foxilandia; el Mundo Bonito de Felipe Calderón, Calderolandia; el País de la Fantasía, Peñalandia y ahora, Pejelandia y su Cuarta Transformación.

En la Administración Pública, se recogen las diversas solicitudes de los ciudadanos, se comparan sus necesidades y se responden con base en las suficiencias presupuestales, en las urgencias sociales, en los rezagos, en las contingencias, en los compromisos de campaña, en los intereses u orientaciones ideológicas, en las clientelas políticas y en la capacidad y conocimiento de los titulares de las dependencias, que le permitirán al funcionario público, mantener su carrera o catapultarse a un nuevo puesto.

Si bien se deben tomar decisiones con asertividad, en el mundo de la política, de manera recurrente se realizan anteponiendo los intereses electorales, los cálculos políticos y el reconocimiento y vanagloria personal.

La necesidad de autoafirmación y reconocimiento del servidor público que da cauce a solicitudes ciudadanas, le exige creer que tiene la razón en las elecciones que toma y en las acciones que realiza, no obstante que algunas veces se equivoque.

Ello, sustentado en la falacia de autoridad y en el triunfo en la contienda electoral. A más votos, más legitimidad y más “autoridad” para que no se critiquen sus decisiones.

Otro factor, son las limitaciones humanas, las que no nos permiten ser omniscientes ni omnipresentes, ni hacer acopio de todos los recursos económicos, materiales o humanos para responder a cada una de las gestiones vecinales.

En la deliberación de los actos y obras por realizar, sujetas a los recursos disponibles y a los compromisos o presiones sociales. El funcionario generalmente considera y difunde que ha tomado la mejor decisión, la magnánima, la más inteligente, la de mejor juicio, la que sirve a todos, la más democrática y se reconoce a sí mismo, su capacidad y entrega personal, la clara manifestación de su vocación para cumplir el servicio público.

Ese apostolado mancillado por Gobiernos anteriores. Aunque esa obra o acto, solo responda a un pequeño núcleo ciudadano y recurrentemente a su segmento electoral, descalificando u omitiendo las otras visiones, las otras necesidades, las que no ve o no le interesa atender.

Imaginen ustedes a los altos funcionarios de Gobierno, que inauguran una carretera, un hospital, un complejo deportivo, una unidad habitacional, un coloquio sobre violencia intrafamiliar o que entregan una dotación de becas para estudiantes universitarios.

En todos los casos, los servidores públicos en turno llegarán a un escenario preparado, maquillado para ellos, para la prensa y para los asistentes. Sin duda, la satisfacción de entregar esas obras a la comunidad, realizar el foro que abundará sobre un grave problema social y entregar apoyos directos a estudiantes, les asegurará emocionalmente que están cumpliendo como buenos pastores que guían a su pueblo a mejores estadios.

Se llevarán en la mente la imagen de todo lo nuevo, la carretera que comunicará a varias poblaciones, el hospital que atenderá a miles de personas, el deportivo que permitirá la reunión de cientos de jóvenes, el conjunto que dará vivienda a decenas de familias, el coloquio en el que se determinará la nueva política pública de atención a las violencias familiares, la entrega de becas a cientos de jóvenes que cifran su futuro en la universidad.

Se regocijarán con las caras de emoción, las porras, el agradecimiento de los asistentes, el elogio de la prensa, la lisonja del equipo de trabajo. Con lo cual pensaran que esas pequeñas obras y acciones -en proporción a las grandes necesidades, municipales, estatales y del país-, son la muestra que todo va viento en popa, todo marcha bien, que todo se resuelve positivamente, que no hay porque preocuparse, todo camina, que sus datos son los que valen.

Y cuando un crítico, haga notar vacíos, errores o desatinos, será descalificado, tildado de provocador, como enemigo opositor del régimen. Porque no reconoce el enorme esfuerzo que hace el gobernante para dirigir a una sociedad, contrastante y polarizada, donde los recursos son finitos y las carencias rebasan toda proporción.

Coincidimos en que las actitudes del gobernante y del ciudadano crítico, ambas tienen razón de ser, pero no coexisten, viajan en caminos paralelos de percepción. Si bien es cierto que el gobernante trabaja para cumplir los compromisos humanamente posibles, también es cierto que aun quedaran decenas de obras y acciones que no podrá atender, por falta de dinero, por desconocimiento, por rodearse de un equipo incompetente, por necedad e indolencia, o porque simplemente no considera desde su postura ideológica que sea adecuado, rentable o congruente con su pensamiento.

Al traer a la memoria al filósofo francés, Henri Bergson, recordamos que existe un contraste entre la inteligencia con la que intentamos comparar el mundo y los datos de la conciencia, lo que se nos revela del mundo verdadero.

La inteligencia actúa por esquemas, parando la realidad, tomando un fragmento, abstrayéndola, estudiando y separándola de la nuestra. Para los seres humanos, la realidad es un” continuo”, que funciona todo seguido, sin interrupciones, sin las rupturas que produce el proceso intelectual.

Por su parte, la inteligencia actúa como si fuese un cinematógrafo que trabaja con base en fotogramas inmóviles en sí mismos, pero que van sucediéndose a un ritmo que nos permite ver todo de forma continua.

La inteligencia funciona buscando los fotogramas de la realidad. Sin embargo, la realidad no es una película, la realidad es un “continuo” que abarca todo, lo que vemos y lo que no es dado a nuestros sentidos.

De esta forma, la inteligencia es útil de manera restringida. El verdadero conocimiento de la vida nos viene de la intuición filosófica, que nos permite el contacto con la fluidez, con el caudal permanente de la vida, en lugar de fragmentarla y separarla.

Con esta concepción, es posible comprender porque dos personas, mantienen percepciones paralelas o distintas. En el caso de los gobernantes y los ciudadanos, cada uno en su proceso intelectual, en su inteligencia, separa los fotogramas de su realidad, de su película.

Mientras el funcionario abstrae y hace suyos los fotogramas de las obras y acciones de gobierno y los sucede en su mente como un cortometraje, que le otorga certidumbre de su hacer. El ciudadano también abstrae los fotogramas de su necesidades, conformando su propia realidad, su filme, que por supuesto no es congruente con el discurso ni la visión del funcionario, porque mientras él considera que cumple su responsabilidad de sobra y hace más que los anteriores.

El ciudadano no ve satisfechos sus requerimientos y considera que es un Gobierno que no le sirve.
Decantándonos por las responsabilidades entre el gobernante y el ciudadano, diremos que aunque ambos tienen parcialmente la razón, el funcionario público está en falta y además es irresponsable al esgrimir “los otros datos”, los suyos.

Pues como asevero Bergson, la realidad es el “continuo”, que engloba la totalidad de la vida, no solo el fragmento del mundo en el que el gobernante se siente cómodo, descalificando a los otros y negándoles el derecho a expresar su realidad, la que aún no es satisfecha por sus acciones y que constitucionalmente, tiene obligación de atender y resolver.

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