COLUMNA | QUE HABLE LA BANDA

Por: Humberto Morgan Colón

UN MUNDO EN BLANCO Y NEGRO, SIN RESPETO

 

Estoy en desacuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo.

Esta frase atribuida a François-Marie Arouet, mejor conocido como Voltaire, pero que en realidad pertenece a su biógrafa, Evelyn Beatrice Hall, quien recreo una charla ficticia en el libro Los Amigos de Voltaire, publicado en 1906 y con la cual quiso dar a conocer la capacidad de tolerancia, respeto y calidad en la argumentación en contra de los críticos del gran ilustrado, es como deberíamos conducirnos ante la irracionalidad que hoy nos obsesiona por ser los portavoces de la única verdad, en el mar de información que nos abruma todos los días, y que no nos permite verificar la autenticidad de las fuentes ni de muchos de los hechos de los que nos enteramos cotidianamente.

Con las falacias de autoridad y la ley del menor esfuerzo, nos cincelamos certezas al interior de nuestros pensamientos y creencias, obtenidas de la información que se transmite en diarios electrónicos, noticieros televisados y transmitidos en radio, periódicos y revistas, en las redes sociales y en la narración que hace la gente de boca en boca.
Así como de la postura política que hemos decidido defender.

Sabemos, que la falacia de autoridad consiste en defender algo como verdadero, porque quien lo dice tiene autoridad o es un personaje en la materia.

Si lo dijo López Dóriga o Julio Astillero, seguramente es verdad. Si aparece en whatsapp, facebook u otra red social, damos por hecho que es verdad. O si lo mencionó nuestro artista o político preferido, también podremos morir defendiendo lo que dijo, aunque no necesariamente sea verdad.

La ley del menor esfuerzo sostiene, que siempre hay maneras más sencillas de satisfacer las necesidades y exigencias diarias. De hacer un gasto menor de energía y desentendernos de las cosas complicadas.

Esta ley tiene mucho que ver con abandonar el control y dejarse fluir, es decir, no preocuparnos en buscar la veracidad de los dichos o las noticias, porque ya lo dijeron en la televisión, apareció en un periódico o lo publicaron en whatsapp. Por lo tanto, es la neta del planeta.

Con estos dos factores jugando activamente en la percepción de nuestro mundo, no nos agitamos en buscar si el hecho, lo que se dijo o lo que apareció publicado, tiene sustento en la vida real, si verdaderamente pasó o nos adornaron, encubrieron, exageraron o nos engañaron con medias verdades.

Por otro lado, al parecer no es cierto el dicho del presidente, cuando comenta que El pueblo está feliz, feliz, feliz… Pues si fuese de esa manera, muy probablemente las conversaciones, los intercambios de mensajes y los debates en redes sociales, en la vida pública, en el café o en la familia, no tendrían porque llevarse al extremo de la descalificación y a la discusión sin argumentos y en muchos casos con insultos, que rayan en el linchamiento en redes.

Ni serian orientados a dividir a ese pueblo feliz, con la categorización y el pleito entre chairos y fifis, sino entre simples ciudadanos y vecinos con temas a comentar y a enriquecer y que han decidido apoyar o defender la tendencia política en la que más creen.

No obstante, la polarización es tan grande, que lo que vivimos entre ciudadanos, también lo padecen los comentócratas y periodistas que han optado por una postura en contra o a favor del gobierno, pues se supone de ellos, que son profesionales y al obtener su sustento de la palabra, la escritura o el decir, debieran anteponer las razones a las injurias.

Hoy pocos se salvan de entrar en esta guerra verbal o escrita. Ni la gente común, ni los profesionales tienen mucha prudencia.
Lo que debiera ser verdaderamente preocupante, porque en un cambio de régimen, como el que ahora vivimos, en el que nos rondan los fantasmas de la descomposición social, con altas cifras en feminicidios, desaparecidos, una pobreza latente en el campo y desempleo en los jóvenes, adicionada con la violencia de un pueblo enemistado, nos puede traer mayores contrariedades.

Cosa por demás peligrosa, porque nos traslada de nuestro papel de ciudadanos con un objetivo mayor, que es el bien de la patria, a ser soldados y combatientes de la irreflexión, en el bando político que hemos elegido defender.

Por ejemplo, cuando se suscita una discusión sobre el crecimiento económico, los altos índices de inseguridad o la política contra el narcotráfico, lo recurrente en ambos bandos, es defender a ultranza, con cifras a veces descontextualizadas, con comparativos de otras administraciones o de otros países, con la crítica a los personajes y no a los hechos o con el consabido, ¿y porque no criticabas cuando estuvo Calderón o Peña?

Más aún, en nuestra incipiente entrada al mundo de la democracia, prácticamente todos hemos tomado partido por la opción política por la que votamos y nos convertimos en ciegos admiradores y obtusos críticos, lo que nos lleva a reeditar y prolongar los conflictos de la polarizada campaña electoral que vivimos en el 2018.

Con tales actitudes, sin razones, argumentos o respeto por el dicho del otro, nos hemos vuelto daltónicos del pensamiento, del decir y del hacer. Nos transportamos al mundo del blanco y negro, sin matices.

En donde tenemos la certeza que solo lo que nosotros defendemos y creemos representar es lo que vale, es el lado correcto de la historia. Y esto no es otra cosa, que la razón ciega del oscurantismo, de la fe en lo que nos han dicho que creamos, por ello, los que atacan a la cuarta transformación no pueden reconocer sus logros y sus avances. Y los que la defienden, no toleran que se les haga notar sus errores o debilidades.

Que paradoja, hoy la comunicación digital propicia nuevas conductas, nuevas percepciones, nuevas sensibilidades. Efectos tan atractivos, que como ha planteado el filósofo Byung Chul Han, en su libro El Enjambre, nos encandilan.

Pero esa luz de los fuegos artificiales de la tecnología, no nos permite reparar en sus consecuencias, particularmente en el respeto.

Esta palabra proviene de respectare, que significa, mirar hacia atrás, un mirar de nuevo, que propicia el contacto educado con los otros.

El respeto presupone una mirada distanciada, un pathos, una emoción que cautiva a lo lejos.
Pero hoy, hemos cambiado el respectare por el spectare, vocablo del que toma su raíz la palabra espectáculo. Es un alargar la vista a la manera de un mirón, una actitud que adolece del respeto, lo que engendra una sociedad sin recato, sin ese pathos de la distancia, se llega a la sociedad del escándalo, del espectáculo en su aspecto peyorativo.

Desde la visión del filósofo surcoreano, el respeto constituye la pieza fundamental para lo público. Donde desaparece, se extingue lo social. La decadencia de la vida comunitaria y la creciente falta de respeto se condicionan recíprocamente. Lo público presupone entre otras cosas, apartar la vista de lo privado bajo la orientación del respeto.

El distanciamiento es constitutivo del espacio público. Hoy, en cambio, reina una total falta de distancia, en la que la intimidad es expuesta públicamente y lo privado se hace público. Cuando sucede esto, ya no se necesitan argumentos para debatir, se pasa a la descalificación y al desprestigio del adversario.

Sin distancia, no es posible ningún decoro. El entendimiento presupone una mirada distanciada, la comunicación digital, deshace las distancias, las acorta y las encubre en el anonimato.

El respeto va unido al nombre. Anonimato y respeto se excluyen entre sí. La comunicación anónima, que es fomentada por el medio digital, destruye masivamente el respeto.

Es, en parte, responsable de la creciente cultura de la indiscreción y de la falta de respeto.
Por esto hoy, los debates ya no se dan en la arena de las ideas, sino de lo personal, de lo privado y de la falta de razones sobre los temas nacionales. Todo es blanco y negro, el tener la razón o carecer de ella, dependiendo del espectro político que se decida tomar.

noviembre 28, 2019

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