Se cumplen 42 años de la aparición de las bandas juveniles en el país (III)

Por: Humberto Morgan Colón

COLUMNA/ QUE HABLE LA BANDA

 

El impulso de la manifestación

 

Previo a la expresión violenta de los adolescentes de la zona poniente de la Ciudad de México a finales de los años setenta, -quienes posteriormente darían vida a las bandas juveniles de la época. Germinaron en el país y en la ciudad, múltiples acontecimientos demográficos, económicos, sociales, culturales y políticos, que posibilitaron el inicio de este fenómeno juvenil.

Entre ellos, la explosión demográfica ocurrida entre 1940 y 1970, la cual permitió una alta tasa de fecundidad, que en las áreas rurales promediaba 5.7 hijos y en las zonas urbanas 4.4 por familia. Además de la disminución de la mortalidad infantil, que se reflejó en una más alta proporción de menores de quince años. Así como el crecimiento de la población en la ciudad, registrado en su desarrollo natural con el 67 por ciento y por la migración, el restante 33 por ciento.

Tendencias que favorecieron la aparición de un alto número de adolescentes y jóvenes que para la época, representaban casi 4 de cada 10 habitantes en la capital mexicana y de ellos, un tercio correspondían a padres llegados recientemente de provincia.

Lo que enfrento a estas familias, a un choque cultural entre lo urbano y lo rural y a los jóvenes, a nuevas tendencias culturales, artísticas y de rebeldía, que luego permitirían la expresión de una ola incontenible de pasiones, explosividad, creatividad y de la manifestación de necesidades sin respuestas.

La Generación X en México, creció a la par de una de las mayores crisis económicas, en un entorno que cambiaba vertiginosamente y con un amplio sector juvenil, uno de los más numerosos de la historia moderna del país.

En un contexto de empobrecimiento generalizado, de exiguo crecimiento económico y de alta inflación, el periodo del ex presidente José López Portillo, que devaluó la moneda en 70 pesos por dólar y al final de su sexenio la inflación se elevó hasta el 58.92 por ciento, acompañado de dramáticos cambios sociales que nos precedían desde la década de 1960, como las migraciones del campo a la ciudad, en la que cientos de familias se refugiaron en las periferias en condiciones de vulnerabilidad, de transiciones morales y del cambio de valores que se percibieron en las estadísticas sobre delincuencia, misma que creció en solo una década más del 56 por ciento.

Además del fracaso de la familia como institución y de los altos porcentajes de hijos sin padre, acompañada por el malestar generalizado de la corrupción gubernamental, la reducción de oportunidades educativas, la diametral desigualdad social y la disminución de la confianza en el gobierno y en su partido político el PRI.

Por si fuese poco, dos sustantivos componentes que agregaron dosis mayores de dinamita al cóctel explosivo fueron las altas tasas de desempleo y el deterioro de estos con la pérdida de la capacidad relativa del sector manufacturero para generar nuevas ocupaciones.

El freno a la creación de fuerza de trabajo asalariada. El crecimiento de las actividades económicas de pequeña escala. La terciarización cada vez mayor del trabajo y el aumento notable de la fuerza de trabajo femenina.

Además del aplazamiento de la matrícula escolar, dado el incremento en secundaria, que pasó de más de un millón de alumnos a tres millones, y aún más grande en el Bachillerato, donde había menos de 300 mil estudiantes en 1970 y para 1980 se incrementó a más de un millón. Así como el gran rezago en la creación de infraestructura urbana, cultural, deportiva y recreativa.

Con ello, se instalaron las condiciones para vivir en un país y una ciudad convulsa que creció exponencialmente, concentrando el poder político, el comercio, el empleo, la educación y los circuitos financieros. Pero en la que paradójicamente sus gobernantes cerraron espacios a la participación social y política, cuando en el mundo los jóvenes vivían aires de cambio y aspiraciones de igualdad y democracia. Un exceso más fue el desarrollo de la represión policiaca sistematizada en los barrios pobres, llevada a cabo después de los acontecimientos estudiantiles de 1968 y 1971.


Floreció la gran ciudad de los contrastes, en la que muchos de sus habitantes
tenían hambre y carecían de empleo, de educación y alternativas de vida. Un periodo conocido por su violencia y transgresión a lo establecido. Permeado por la informalidad y la difusa e incipiente organización juvenil, con ráfagas recurrentes de represión y una denuncia descarnada de la desigualdad y el abandono a los jóvenes de los estratos más pobres de la ciudad. Narrativa de mitos e historias negras, que sirvieron de justificación para el inicio del periodo de mayor estigmatización de la juventud. Los jóvenes de las bandas juveniles pasaron de ser rebeldes sin causa o vagos sin oficio ni beneficio a ser delincuentes, violadores y transgresores de las leyes y la moral ante la opinión publica.

Con un mayor número de jóvenes, sin empleos y pocas oportunidades de educación, sin espacios para el deporte, la cultura y la recreación, los adolescentes y los jóvenes de las zonas más pobres ocuparon las esquinas de sus calles para reunirse, para jugar futbol, para divertirse, descubrir la organización informal y a las bandas como espacios de protección, aprendizaje y manifestación juvenil.

En estas condiciones, se fueron gestando nuevos hábitos, ciertamente diferenciados en las colonias de escasos recursos de la ciudad. Por un lado, los de los habitantes de las zonas más viejas, como la Morelos, Peralvillo, la Merced, la Lagunilla o las aledañas al centro histórico.


Así como en las semi-urbanizadas, la 16 de septiembre, la América, Palmas,
Observatorio y Tacubaya en Miguel Hidalgo. Y por el otro, la de los pobladores de los cinturones de miseria del poniente de la ciudad. A los que llegaron en su mayoría, familias del interior de la república, desplazadas de sus lugares de origen y también, personas reubicadas de las colonias céntricas que sufrieron modificaciones por nuevos trazos viales u obras públicas. Además de invasores, auspiciados por miembros del PRI, para mantener amplias comunidades con votaciones cautivas.

Es el caso de los lomeríos del pueblo de Santa Fe, el Cuernito, Lomas de Becerra, Jalalpa o Barrio Norte en Álvaro Obregón, donde por necesidad, sus habitantes iniciaron procesos de acercamiento a las autoridades, para gestionar banquetas, pavimentación, agua potable, alumbrado y servicios públicos como escuelas, centros de salud y centros sociales.

El trabajo de urbanización de aquellos terrenos inhóspitos requirió la unión y participación de líderes naturales, que fueron animando a sus familias, a las de los predios contiguos, de las calles aledañas e incluso de asentamientos más lejanos, para tender drenajes, líneas de agua potable, andadores y calles iluminadas.

El esfuerzo colectivo se convirtió en necesidad de vida para lograr la consolidación de nuevas colonias. Estas luchas pronto involucrarían la participación de algunos jóvenes que a la postre llevarían estas formas de organización a sus grupos juveniles.

Contadores SDV

 

 

octubre 22, 2020

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