La ausencia del Presidente en el Congreso

Enrique Terán. Analista Político.
Enrique Terán. Analista Político.|

 

Queridos lectores: Después de un largo tiempo de ausencia y de pláticas con nuestro director del portal, estoy de regreso, ansioso de seguir escribiendo cada semana, sobre una visión diferente a la realidad política.

El día de ayer se le entregó la medalla Belisario Domínguez a la maestra Ifigenia Martínez, por protocolo el ejecutivo debió ser convocado; el Presidente ya había advertido que no iría al recinto. La razón: una senadora había convocado un sainete y el que ostenta la envestidura; no caería en las provocaciones.

La ausencia del ejecutivo en el congreso, ya se ha hecho una costumbre: No rinde informe cada 1 de septiembre, no va la inauguración de la legislatura intermedia, ni a las tomas de protesta de gobernadores; ni mucho menos a eventos en el extranjero. Sin duda el presidente ha marcado un estilo de gobernar, bastante atípico, pero también cuestionable para alguien que supuestamente goza de un respaldo popular. ¿Qué significa la ausencia del presidente en estas sesiones solemnes?

La tradición del presidente, de acudir a estos eventos tiene antecedentes históricos: Nos viene de la constitución de Cadiz (1812) la primera constitución democrática que obligaba al monarca a presentarse a la apertura de las sesiones de las cortes y ofrecía un discurso acorde a las circunstancias. La presencia del ejecutivo se mantuvo en los regímenes posteriores; no como tradición, en la ley escrita.

En la constitución de 1917, los obregonistas que eran opositores fervientes a Venustiano Carranza; obligaron a que rindiera un informe por escrito cada 1 de septiembre; además de su presencia obligatoria en el congreso. Ciertamente después de la controvertida elección en 2006, los panistas por comodidad y no estar expuestos; modificaron la ley y se dejo en palabras simples: “Presentar un informe”.

Algunos juristas del instituto de investigaciones jurídicas de la Universidad Nacional Autónoma de México; señalan que no hay ningún país sobre la tierra, en donde el jefe de estado no asista a la apertura de las sesiones del congreso.

Estos protocolos marcan el símbolo mismo de la relación entre los poderes; su ausencia significa un divorcio entre ellos.

Por razones jurídicas, históricas y políticas, el titular del ejecutivo debe ir a estos eventos; porque los congresos tienen la facultad de hacerle criticas; incluso sañudas, despiadadas; y desmesuradas.

Para bien o para mal: La desacralización de la figura presidencial ya es una realidad desde finales del siglo XX. Ejemplos: Porfirio Muñoz Ledo interpelando a Miguel de la Madrid, los empujones de los perredistas con los priistas, las orejas de burro de Vicente Fox. La solemnidad de la envestidura presidencial ya es una antigualla; casi una explicación ridícula por parte del órgano de comunicación social de presidencia.

Ciertamente a ningún presidente le agrada la bulla, los improperios desmesurados, procaces como los que hace Xóchitl Gálvez; pero debería mostrar aplomo, mostrar su talante y talento político. La decisión de no ir al congreso es pueril, es no entender al arte de la política. Un buen político, no es el que se niega hablar con sus adversarios; todo lo contrario.

Debería ir a demostrarle a Lili Tellez y compañía, que es más inteligente que ellos y más tolerante. Los buenos estadistas y líderes, son los que escuchan a su adversario, detectan donde pudieran tener algo de razón, los seducen y persuadir de que sus argumentos son mejores.

El ejercicio del poder requiere hacerles concesiones a sus detractores; no es tan difícil.
Mala decisión no ir y seguir en una situación acomodaticia de mañaneras interminables; donde el buen diálogo, la discusión nacional; están ausentes y solo escuchamos un monólogo.

Atte.
Enrique Terán

 

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