La corrupción nuestra de cada sexenio.

Por: Humberto Morgan Colón

COLUMNA QUE HABLE LA BANDA.

Humberto Morgan Colón. Analista Político.
Humberto Morgan Colón. Analista Político.

En mi noción, la corrupción fue creciendo de manera exponencial a partir del sexenio del ex presidente Luis Echeverria Álvarez hasta nuestros días. Esto no quiere decir, que antes no se consumó con dosis, tal vez parecidas a las de hoy.

No obstante, para las personas de mi generación y posteriores a esta, el fenómeno permeo cada vez más a la sociedad, por diversos motivos: un creciente malestar por el desastre económico y político que se recrudeció en la década de 1970. Por la arrogancia, la ineptitud y la forma monolítica en la que el PRI condujo al desastre al país. Por un acceso cada vez mayor a voces y medios de comunicación alternativos que daban cuenta, en la medida de sus posibilidades, de las acciones deplorables de estos Gobiernos.

Por la irrupción en 1985 de una sociedad civil, que se organizó después del terremoto que rompió las entrañas del Distrito Federal, demandando acciones congruentes, democráticas y más transparencia. Por la conformación del Frente Democrático Nacional en 1988, y posteriormente los secuenciales eventos y avances sociales, electorales y políticos, como la aparición en 1994 del Ejercito Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), en los altos de Chiapas. O el Seminario de Chapultepec en 1996, que aprobó la histórica Reforma Electoral que terminó con la participación y control gubernamental en el proceso de organización de las elecciones federales que se mantuvo por décadas en México.

Por la llamada transición democrática del año 2000. Y, sobre todo, porque un gran número de Organizaciones y ciudadanos, han asumido un papel crítico, demandante y actuante para exigir transparencia y rendición de cuentas a las Administraciones en turno.

La palabra corrupción viene del latín corruptio, que es la acción y efecto de destruir o alterar globalmente por putrefacción, también es acción de dañar, sobornar o pervertir a alguien.

Este mal endémico, afecta a todos los regímenes políticos, no importa si son de izquierda, centro o derecha, o a los que hoy se quieren remasterizar, tildándose de Conservadores o Liberales.

Durante muchos años, la corrupción se ha referenciado y reverenciado como el Aceite del Sistema, como una Actitud Cultural innata de los mexicanos, enraizada en nuestro ADN y paradójicamente, como un mal combatido públicamente por todos, pero practicado en los pasillos del poder, por muchos de estos acérrimos enemigos de la descomposición gubernamental.

Por supuesto que es un ejercicio común en todos los estratos sociales y en todos los ámbitos de la interacción económica. Sin embargo, se lleva a cabo particularmente, en la Administración Pública y en los Partidos Políticos. Lo mismo en licitaciones, contratos o compra de insumos, que en el tráfico de influencias y en el pago de campañas políticas, que luego se convierten en compromisos de rembolso a los benefactores de los candidatos triunfadores.

Por lo menos en cinco décadas, se ha exhibido la corrupción de los funcionarios salientes, subestimándose la propia, al detentar el Gobierno en turno. Así fue entre López Portillo y Echeverria Álvarez, entre Ernesto Zedillo y Carlos Salinas. Hoy entre López Obrador y Enrique Peña Nieto y Felipe Calderón.

La corrupción ha servido en los distintos periodos presidenciales, para enriquecer a empresas, vender los bienes de la nación, hacer multimillonarios a políticos encumbrados, mantener a clientelas electorales, así como un arma política contra los adversarios y como venganza y revancha personal

.

La justicia en este sentido tiene un uso discrecional. A los amigos, el litigio civil y las canonjías jurídicas. A los enemigos, el peso de la ley, el proceso penal a raja tabla, la cárcel y el escarnio mediático.

Por ello, nunca triunfará la Ley, sino el escándalo, el morbo y el olvido. El caso Emilio Lozoya es el botón de muestra de lo que ha sucedido históricamente. En público, a rasgarse las vestiduras contra lo indebido, pero al interior, en las negociaciones, los privilegios al infractor, solo con un objetivo político. Demeritar a la competencia electoral, administrar el circo hasta el siguiente proceso de votación, romper lo menos posible los pactos políticos y autonombrarse los defensores de la honestidad y la legalidad.

Que bien que se actúe contra este mal y contra todos aquellos que han quebrantado al país y a sus instituciones. Que bien que se castigue con el ejercicio de la ley a los ladrones que han defraudado la confianza de la sociedad.

Pero sería mucho mejor, que se predicara con el ejemplo y en el ánimo de adalides de la honestidad, se atendieran con diligencia los casos Yeidkol, Bartlett, Irma Eréndira y el pitufeo de los depósitos a la fundación de Morena luego de los sismos de 2017.

Habría entonces una lección histórica y el reconocimiento a un presidente congruente, que daría la muestra con el ejemplo, en lo propio.

agosto 20, 2020

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