Nuestros pobres jóvenes

Por: Humberto Morgan Colón

COLUMNA / QUE HABLE LA BANDA

 

 

En recuerdo de José Mora, líder y guía comprometido
para prevenir las adicciones y la violencia
a través de la participación comunitaria y el deporte.
Creador de los Juegos Nacionales Populares.
Descanse en paz.

 

El México del PRI, del PAN y del PRD, arrastra consigo una gran deuda con los jóvenes. En los tiempos de la 4T, se repite la misma historia. Muchas palabras, buenos deseos, supuestos programas de avanzada, políticas públicas novedosas, pero los resultados siguen siendo los mismos.


Deserción escolar, falta de empleo, inclusión de los jóvenes en las ligas del narcomenudeo, en grupos que se constituyen para cometer delitos del fuero común, los que se enrolan en la delincuencia organizada y los que no estudian.

Aunque el presidente López Obrador ha externado en reiteradas ocasiones que su Gobierno combate las causas de la delincuencia, al atender a los grupos vulnerables con apoyos económicos directos, en realidad, para cambiar las inercias culturales, sociales y la pobreza, pasaran aun muchas generaciones y no veremos en este sexenio, las bondades prometidas.

Con la instrucción del primer mandatario, Morena puso en marcha el programa cardinal, Jóvenes Construyendo el Futuro, proyecto que resultó un fracaso parcial, al incumplir su meta de 2 millones 900 mil beneficiarios y comprobarse en distintas revisiones, que está plagado de inconsistencias, corrupción y pésima planeación.

Desafortunadamente este año, solo llegará a un poco más de 500 mil muchachos, cuando la cifra de jóvenes que no estudian ni trabajan en el país, es de 10 millones 600 mil personas. Es decir, el programa estrella del Gobierno, solo dará cobertura al 5 por ciento de este sector.

Ahora que empezamos a salir a las calles, luego de la cuarentena obligada por el coronavirus, observamos en las esquinas, verdaderas legiones de muchachos, con botellas llenas de agua y jabón para limpiar parabrisas, con trapos y mechudos para quitar el polvo a los autos, con esponjas y armor all para dar lustre a las llantas. Corriendo en paralelo, vemos a personas que se acercan a los coches vendiendo dulces y también, a las que ofrecen accesorios para celulares y cubrebocas.

De igual forma, se observa a jóvenes con talentos musicales tocando tambores, a adolescentes con habilidades físicas practicando malabarismo, dominadas con el balón o realizando suertes con el ula ula. En estos cruceros, miramos al mismo tiempo, a las personas que con receta en mano o un pequeño letrero, piden limosna y a padres con sus menores hijos que llevan la cara pintada, bailando y suplicando dinero, una galleta o incluso una botella con agua.


Esquina tras esquina, se repiten las mismas escenas en las principales calles y avenidas de la ciudad, entre ellos compitiendo y afanándose por ganar un par de monedas, mientras muchos conductores recelosos, algunos molestos, mueven el dedo desde dentro del auto diciendo no.

Pero aún esta negación, los jóvenes con certera puntería y cierta insolencia, arrojan chorros de agua a los cristales para forzar que una vez limpios, obtengan ayuda. Otros, se acercan a las ventanillas para llevarse los dedos de la mano a la boca en reiteradas ocasiones, mostrándonos que tienen hambre.

Los jóvenes al terminar el día, en una linda forma de colectivismo, juntan sus ganancias y la reparten entre todos. Habrá quien lleve unas monedas a su casa, otros que las utilizarán comprando mona o piedra y otros conseguirán comida.

En efecto, la crisis económica que arrastramos desde 2019, sumada a la pandemia y a la recesión mundial, expulsa de sus barrios periféricos a las zonas céntricas, a estos muchachos que hoy por hoy, ven en esta actividad triste, pero licita, la única forma honrada de ganarse la vida.

Sin embargo, mientras aumenta la competencia en las esquinas y el automovilista, no quiere o no tiene como regalarles un peso, en estos jóvenes crece la desesperación y la frustración por vivir en un sistema inequitativo, que soslaya su realidad y en el que invertir en monumentales proyectos, es más importante que su futuro.

Como ahora se sabe, la motivación para participar en actividades ilícitas es multifactorial. Y no hay duda, de que una de las circunstancias más importantes es la pobreza, pero no es la única. Por esto, una raquítica beca asistencial, no es ninguna garantía que inhiba la afiliación de los muchachos a las actividades delictivas.

En el fallido operativo de captura a Ovidio Guzmán, el Gobierno, aunque no lo reconoce públicamente, tuvo una muestra contundente de los intereses de muchos adolescentes, pues al mismo tiempo que presumía el apoyo de 3 mil 600 pesos mensuales del programa Jóvenes Construyendo el Futuro, los operadores del cártel, convocaron a través de whatsapp a cientos de muchachos a cerrar calles, vandalizar negocios y quemar carros por 250 pesos. Lo que demuestra que el interés primordial de los jóvenes no necesariamente es el dinero, sino pertenecer a un grupo en el que se comparten afinidades y les provea de otros incentivos emocionales y de vida.

Hoy, la incorporación de los jóvenes al mundo del crimen tiene una gran dosis de elementos aspiracionales, muchos de ellos influenciados por las apologéticas series sobre narcotraficantes, transmitidas por la televisión y el cine: bellas mujeres, casas lujosas, autos deportivos y de última generación, ropa cara, adrenalina desbordada, poder, machismo, violencia y muerte.

Además de una abierta confrontación con los cuerpos de seguridad y con los políticos, que se han enriquecido a costa del erario y han obligado a estos chicos a participar en los oficios de halcón, sicario, narcomenudista, ladrón y extorsionador, hoy reconocidos en muchas zonas del país como trampolines para dejar la miseria material que vive gran parte de nuestra población y pertenecer a un grupo de poder que trascienda sus vidas de necesidad y contrariedades familiares.


Lamentablemente esta generación de jóvenes, como otras en el pasado, no se abstendrá de participar activamente como victimarios y posibles víctimas en la exaltación de la violencia, minimizada por los relatos fantásticos del presidente, que considera que todo va bien, aunque la brutal realidad nos demuestra lo contrario.

Con la severa cuesta económica de los próximos meses y años, sin programas efectivos para incorporarlos al sistema educativo y productivo, sin un mayor número de beneficiarios, ni actividades concomitantes como las deportivas, las de capacitación para el trabajo, los talleres de herramientas para la vida, las de prevención de adicciones y de educación. Además de una nueva escala de valores, adecuada a los tiempos que corren, no nos sorprendamos que muchos de los jóvenes que hoy ocupan las calles para ganarse unos pesos con honestidad, muy pronto estén en la vía pública asaltando y enlistándose en las organizaciones delictivas, que crecen con gran rapidez en diversas alcaldías de la capital mexicana.

 

 

 

 

julio 23, 2020

Un comentario en “Nuestros pobres jóvenes

  • el julio 24, 2020 a las 8:45 am
    Permalink

    Es importante recordar que los problemas sociales somos responsables TODOS, y el fracaso de las políticas de desarrollo se deben a la tan equistada pobreza cultura. Sería magnífico abrirá el debate sobre este consepto y como esto es la punta de la lanza para que los niños y jóvenes tengan mayor conciencia moral y social. Un abrazo…

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