QUE HABLE LA BANDA

Por: Alfredo Páez Galindo

Humberto Morgan Colon / Analista

Humberto Morgan Colón
Colaborador Invitado /

Hoy iniciamos esta primera colaboración, deseando a MéxicoViral mucho éxito en la enorme tarea de informar a una sociedad cada vez más enterada de su entorno y más demandante de contenidos veraces, valientes y plurales.

Hace 41 años surgió de manera intempestiva, violenta e inédita, un fenómeno que a más de cuatro décadas, sigue causando inquietudes en el mundo académico, en lo social y en lo cultural, así como en la vida cotidiana de las colonias y barrios marginales. Las llamadas bandas juveniles, categorizadas en un nombre, “los Panchitos”.

Grupo de adolescentes de entre 11 y 14 años, que se manifestaron ante un entorno de deterioro económico, de perdida de valores y de grandes cambios culturales y sociales propiciados entre otras causas por el Rock, la cultura Punk y el arte Pop, iniciados en la década de los sesenta.

En los países desarrollados de occidente, estas manifestaciones motivaron una nueva relación entre los jóvenes, los adultos y sus gobiernos.

En México, con la llegada del Rock and roll, la onda hippie, la liberación femenina, la píldora anticonceptiva y la inconformidad social, luego de los trágicos acontecimientos de 1968 y 1971 -las matanzas estudiantiles-, se fue incubando un malestar en las clases medias y después en las zonas pobres del país y la ciudad, a donde llegaron de manera paulatina, las primeras frases del marxismo y las historias de las guerrillas sudamericanas, la de Genaro Vázquez y Lucio Cabañas, y la de la Liga 23 de septiembre.

Con una severa crisis económica a cuestas, un entorno internacional cambiando vertiginosamente y con un amplio sector juvenil, uno de los más numerosos de la historia contemporánea del país. Se gestaron en los barrios pobres de la ciudad, las condiciones para que los jóvenes irrumpieran de manera violenta, ante la desigualdad, la pobreza, estigmatización, represión sistematizada y falta de oportunidades.

Su explosiva e inesperada aparición, más la ola de violencia que provocaron, magnificada y repetida hasta el cansancio en los medios de comunicación encabezados por Jacobo Zabludovsky en el noticiero 24 horas, Juan Ruiz Healy en 60 minutos y los diarios: el Universalla Prensael Alarma, entre otros. Desconcertó, sacudió y aterro a los habitantes de la ciudad de México, dando pie a una serie de leyendas, que el sistema utilizo para desviar la atención de los graves problemas económicos y de las luchas políticas de un partido hegemónico (el PRI), que atizaba su descomposición.

Por ello, el político, jurista e historiador mexicano Jesús Reyes Heroles, expresó después de los trágicos acontecimientos del movimiento estudiantil de 1968, que deberíamos tener cuidado para no despertar al México bronco que dormía desde la Revolución Mexicana, pero que en cualquier momento podía despertar y manifestar su enojo por los errores de la clase política. Dicha expresión confirma las peligrosas y violentas consecuencias que se provocan cuando la gobernabilidad de una nación o entidad se trastocan por sucesos que dan pie a la manifestación de expresiones sociales de hartazgo, represión, deterioro de la calidad de vida y el menoscabo de los derechos fundamentales de las personas.

Esto, como respuesta a la incapacidad de los Gobiernos en turno, para erradicar las injusticias y mejorar las condiciones sociales. Es el caso de las bandas juveniles.

1978, es el inicio y nacimiento de la primera etapa de las bandas juveniles, época de violencia y beligerancia juvenil que se prolongó hasta 1985 y en la que diversos grupos juveniles de colonias y barrios del poniente de la Ciudad de México se manifestaron a través de multitudinarias e inéditas riñas entre bandas juveniles y refriegas con la policía.

La violencia generada por sus condiciones de desigualdad, desorientación y falta de oportunidades, sumieron a la ciudad en una ola trágica de robos, represión policíaca y muerte. Los noticiarios televisados, los titulares de los diarios de circulación nacional y los semanarios de nota roja, informaban cotidianamente de la cruenta lucha que se libraba en las calles de la metrópoli: jóvenes quemados por bombas molotov, acuchillados, golpeados sin compasión, diezmados por las batallas campales, asesinados y desaparecidos por los cuerpos públicos de seguridad.

Robos a pequeños establecimientos, a transeúntes, a camiones repartidores. Además del recurrente secuestro de autobuses del sistema de transporte público de la extinta Ruta 100, con los que se trasladaban de sus barrios periféricos a zonas comerciales de clase media y a colonias de alta plusvalía residencial. Hechos, con los que se generalizo a la juventud de las barriadas, tipificándolos a todos, como delincuentes o como drogadictos sin control, intensificándose en las clases medias y altas, el miedo y recrudeciéndose el rechazo a estos adolescentes.

Paradójicamente ante la estigmatización, el fenómeno cundió y se contagió exponencialmente, dando paso a la conformación de cientos de bandas juveniles en la ciudad y en la zona conurbada, con características e identidades similares.

Ante el rechazo social, los jóvenes prefirieron ser desacreditados y perseguidos, a renunciar a sus grupos juveniles y a las manifestaciones contraculturales y de oposición al estatus quo, que creaban y ejercían para mostrar su malestar, por la desigualdad social y contra el fracaso de un Gobierno que absorto en la efímera riqueza petrolera del país, no pudo ofrecerles educaciónempleo, ni expectativas positivas de desarrollo. El fenómeno se generalizo, se extendió, se multiplico, permeando a la sociedad capitalina de la época, que se debatía entre el temor, la angustia, la indignación y la crisis económica.

Para combatir la sedición juvenil, se recurrió a la represión, ahora a cargo del temible Arturo (El Negro) Durazo, y los miembros de su sanguinaria Dirección de Investigaciones para la Prevención de la Delincuencia (DIPD), quienes en efecto, causaron severas bajas a estos colectivos en rebeldía, pero de manera directamente proporcional, la violencia utilizada en su contra, exaltó sus ánimos para mantenerse en pie de guerra por más de cinco años, combatiendo en múltiples batallas contra la policía y entre bandas juveniles de otros territorios. En un tiempo de confusión, esquizofrenia y desatinos.

En ese tiempo de tempestades y turbulencias, los policías de Durazo y de Francisco Sahagún Baca, desaparecieron a más de cien jóvenes quienes nunca regresaron a sus casas y probablemente terminaron sus vidas en las aguas del río Tula. Por otro lado, decenas de ellos cayeron en las riñas callejeras, en prisiones o víctimas de las adicciones.

Para 1985, la frenética lucha librada por estos colectivos, entre ellos y con la policía, los había llevado a un enorme desgaste, con lo que de manera natural disminuyo la violencia en sus barrios. Además de que muchos de sus integrantes ya diezmados y concientizados, asumieron nuevos papeles como esposos, padres o adultos con responsabilidades familiares y laborales. Luego, el sismo de este año, obligo a un alto generalizado de la violencia.

Con el advenimiento de la sociedad civil ante el fracaso de un Gobierno indolente e incompetente para atender la tragedia telúrica, el movimiento de las bandas juveniles paso a una nueva fase de organización que se materializo en distintos grupos, donde destaco como el más importante y trascendente de todos, el Consejo Popular JuvenilRicardo Flores Magón. Cuyos líderes, Andrés CastellanosFrancisco Velázquez y Ernesto Fajardo, entre otros, tendieron puentes con el Gobierno y con diversos sectores sociales para buscar alternativas de participación juvenil, alto a la violencia entre bandas y distintos proyectos de empleo, educación y recreación.

En esta segunda etapa de las bandas juveniles, las manifestaciones violentas de los primeros años dieron paso a una participación social y política, que tuvo como objetivos, desterrar la violencia entre bandas, propiciar el entendimiento de las condiciones de su aparición y la comprensión del fenómeno social. Fue un periodo productivo que se extendió hasta 1992. Después, las nuevas generaciones de jóvenes cambiaron sus pautas culturales y las bandas juveniles, como muchos otros movimientos sociales, dieron pie a nuevas formas de organización, a partir de distintas identidades culturales o grupos juveniles con intereses comunes, como los Ecologistas, las Feministas, los Darketos o Emos, entre muchos más.

No hay duda de que el fenómeno social de las bandas juveniles, es un hecho paradójico, pues si bien inicio con una gran violencia conocida por las batallas entre los Sex Panchitos Punk y las Bandas Unidas Kiss (la BUK), se fue atemperando hasta convertirse en un verdadero movimiento social con el Consejo Popular Juvenil, el cual tuvo reconocimiento nacional por su labor en favor de esta población y por los elementos permeados a la cultura popular, como la forma de vestir, por ejemplo, los pantalones de mezclilla rotos que siguen siendo moda, un vocabulario coloquial con frases como “no hagas panchos” o la calidad en la organización juvenil, donde se aprecia la solidaridad y rebeldía ante situaciones de injusticia social.

A más de cuatro décadas de la manifestación de estos grupos, hoy nos preparamos para celebrar el 41 aniversario de nuestra aparición, en un contexto similar al que nacimos. Pobreza, perdida de valores, programas clientelares para los jóvenes, falta de empleo y educación, violencia desbordada y adicciones a tope. Hoy como ayer, esta latente otro estallido juvenil, que ahora estamos viendo en las distintas marchas que se han celebrado en la ciudad.

octubre 3, 2019

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