Se cumplen 42 años de la aparición de las bandas juveniles en el país

Por: Humberto Morgan Colón

COLUMNA/ QUE HABLE LA BANDA

 

Primera parte

Aún resuenan los cañones de guerra de una generación de jóvenes, que decidieron cambiar su actitud pasiva, conformista y alienada, por la de una rebeldía propia de la adolescencia y de las condiciones de pobreza, desorientación, represión policiaca y violencia que sufrían.

El fenómeno juvenil fue tipificado dentro de los cánones del crimen y la anormalidad social, por medios de comunicación amarillistas y por una sociedad, que vivía sus propias pesadillas, con una severa crisis económica a cuestas y un sensible desencanto en lo social y en lo político.

El origen


Antes de la conformación de las bandas juveniles en el poniente de la ciudad de México, miles de niños asistían a las escuelas primarias de sus barrios, jugaban con sus pares y en el transcurso de los años, ingresaron a la secundaria, incluso algunos al bachillerato. En las tardes que regresaban a sus casas, jugaban fútbol en la calle o en algún lote baldío, se reunían algunas horas en las esquinas más próximas a sus viviendas y formaban pequeños grupos de adolescentes para convivir.

Muy pocos se identificaban con el nombre de su calle o de su colonia y ni pensar en un mote específico, como después lo hicieron con sus bandas juveniles. Los valores de la convivencia social eran severos, en muchos hogares se acompañaban de un machismo recalcitrante y de violencia intrafamiliar.

El respeto y la obediencia eran inherentes a los dogmas culturales y a las severas reprimendas que se imponían con la fuerza de la convivencia y de los golpes.

Sin embargo, ese código se fue perdiendo paulatinamente, debido a que un importante número de familias se volvieron disfuncionales, desuniendo emocionalmente a los matrimonios por los problemas personales y económicos que padecían y distanciándolos por las largas jornadas laborales.

Otro factor significativo, fue el creciente alcoholismo de muchos de los padres e hijos mayores y el aumento de la violencia en sus barrios, con lo cual la disciplina fue languideciendo al relajarse la vigilancia hacia los adolescentes y vivirse un clima de crispación y de necesidades en su entorno.


Mientras tanto, la generación de sus hermanos mayores formaba grupos para ir a las fiestas y tardeadas, tomar en las esquinas cerveza u organizar equipos de fútbol y excursiones a balnearios y campamentos. Aprendieron a ir a Tepito por grabadoras, discos de rock y ropa de pacas de fayuca, para asumir atuendos rockeros o punketos. Sostenían riñas con grupos rivales y en sus incursiones al trabajo o a la escuela, iban nutriendo de nuevos hábitos a estos adolescentes, que estaban a la expectativa de asumir su papel protagónico como los dueños de la calle.

Esta organización barrial, fue natural y consustancial a los jóvenes, consolidando paulativamente una mayor capacidad de relación y conocimiento de su medio.


Para los adolescentes, las connotaciones de Palomilla, Broza o Pandilla eran referencia de la organización de los mayores, jóvenes o adultos. La palomilla era utilizada como calificativo de los grupos de muchachos que se reunían para divertirse, jugar fútbol o pasar el tiempo sanamente. La broza era la categoría con la que tildaban a los grupos de alcohólicos o malvivientes y las pandillas, asumían la concepción de personas, no necesariamente jóvenes, dedicadas a las actividades ilícitas.

Aunque eventualmente utilizaban la palabra para auto referenciarse, como un grupo que podía influir terror a través de la fuerza o los actos delictivos.

Las bandas juveniles que posteriormente observamos emergieron como una respuesta a las circunstancias sociales, económicas y culturales. Condiciones que posibilitaron la aparición de los colectivos de adolescentes, en una trama de interacciones humanas, ubicadas en un contexto histórico determinado, el Distrito Federal a finales de la década de los años 1970.

No obstante, sus líderes e integrantes les impusieron haceres distintos, las formaron de acuerdo con sus visiones y expectativas, aunque en muchos casos, fueron víctimas de su propia cotidianidad y de las presiones del entorno que los obligó a tomar caminos distintos a lo esperado. Los de la violencia, la protesta contracultural y en algunos casos, los de la delincuencia.

El filósofo Henri Bergson, concibió esa fuerza creadora como el impulso vital (élan vital), que incita a los organismos y a las personas, a empujar y a seguir hacia delante para desarrollar sus potenciales a pesar de las condiciones adversas.

El universo se desarrolla a partir de un tiempo que es verdadera duración. En ésta, se expresa el impulso vital, una fuerza que está más allá de todo determinismo, que se desarrolla continuamente generando nuevas formas, y que constituye el núcleo más profundo de la realidad.

Todo comenzó con la plena necesidad humana de pertenecer a un grupo, para crear un núcleo que les permitiera ejercer su ser social a su manera, en el que accedieran a protección y solidaridad alterna a la familia. Que les ofreciera seguridad y comprensión ante los problemas que vivían en sus hogares, algunos fragmentados.

Que les habilitara un refugio emocional y espacial, ante la expulsión natural generada por cohabitar en los reducidos cuartos de sus viviendas hasta 10 personas, invadiendo su espacio vital. Un lugar en donde encontraron su identidad juvenil y se defendieron de los peligros de su hábitat, las riñas callejeras y la represión policiaca.


Y al mismo tiempo, descubrieron las experiencias lúdicas y sexuales, en la transición de adolescentes a jóvenes, hasta el ejercicio de la violencia, las drogas, los actos ilegales y el dominio sobre otros con la incipiente semilla de la rebeldía social.

 

Contadores SDV

 

octubre 8, 2020

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