Se cumplen 42 años de la aparición de las bandas juveniles en el país. Segunda parte

Por: Humberto Morgan Colón

Humberto Morgan Colón. Analista Político.
Humberto Morgan Colón. Analista Político.

 

 

 

COLUMNA/  QUE HABLE LA BANDA

 

 

El Contexto social

La década de 1960 cambió para siempre la fisonomía del mundo, en los países desarrollados de occidente, los jóvenes construyeron novedosas pautas culturales que condujeron a cimentar una nueva relación entre ellos, los adultos y sus gobiernos.

Los movimientos musicales y artísticos como el rock, el punk y el arte pop, acompañado de la liberación femenina, la píldora anticonceptiva, el fin de la familia nuclear y el rechazo a las guerras como Vietnam, fueron permeando en la juventud de clase media de nuestro país, desde el rock and roll y la onda hippie, hasta las protestas estudiantiles cruelmente reprimidas.

Desde Woodstock, hasta el festival de Avándaro y los hoyos funky, las tocadas underground en pistas de colonias marginales y luego la protesta social.

 

México se incorporó a la década de los setenta, entre exaltaciones de todo tipo, severos reclamos, crisis económicas y sociales, además de una gran indignación por la masacre estudiantil de 1968.

Entre tanto, la clase gobernante extasiada en el discurso del desarrollismo presumía la organización de los juegos olímpicos de 1968 y la Copa del Mundo de fútbol de 1970, como los modelos de progreso de un país de tercer mundo, que quiso estar al nivel de las naciones desarrolladas, por el solo hecho de organizar fastuosos eventos de carácter internacional, que a la postre requirieron colosales inversiones en infraestructura y en logística, pagadas con recursos públicos.

Mientras las necesidades apremiantes de una mayoritaria población depauperada fueron soslayadas.
Aunque la legitimidad del régimen fue cuestionada por amplios sectores de la sociedad después del derroche deportivo y la matanza estudiantil, el partido monolítico dueño del poder, el PRI, triunfó en las elecciones presidenciales de 1970.

Pese a que la irritación social aumentaba, Luis Echeverría Álvarez, secretario de Gobernación en la administración del expresidente Gustavo Díaz Ordaz (1964- 1970), ganó, al no existir una oposición fuerte y cohesionada.

Concluido su desastroso mandato, entregó la estafeta a su secretario de Hacienda, José López Portillo, candidato único a la presidencia de la república, quien por supuesto triunfó. Sin embargo, su administración se debatió entre el ficticio repunte de la economía nacional, con la efímera bonanza petrolera y más tarde, por el desplome catastrófico de la misma, al finalizar su sexenio.

Por otro lado, México presentó una enorme demanda de ingreso al sistema educativo, miles de jóvenes de todos los sectores, buscaron un espacio en el bachillerato y en las pocas universidades de la época. Para comprender los parámetros de la necesidad, nos remitimos a las cifras.

En 1970, estudiaban más de nueve millones de alumnos en primaria, para 1980 la matrícula creció a 14.5 millones. El incremento fue mayor en la secundaria, que pasó de más de un millón, a tres millones en el mismo periodo, y aún más grande en el bachillerato, donde estudiaban un poco menos de 300 mil estudiantes en 1970 y para 1980, había aumentó a más de un millón.

El estado mexicano no estaba preparado para atender a los jóvenes que buscaban un lugar en las preparatorias o universidades, por lo que se dispuso a crear más escuelas con la intención de satisfacer la demanda. No obstante y aunque se hicieron grandes esfuerzos, no fueron suficientes.

El aumento de la población en edad de estudiar provocó una crisis en las universidades públicas. En 1970, se contaban 218 mil estudiantes de educación superior, para 1980, se incrementó el número a 731 mil. En septiembre de 1974 se inaugura la Universidad Autónoma Metropolitana, con tres sedes en la ciudad de México.


En esta misma década también se crean cinco campus de la Universidad Nacional Autónoma de México en la zona metropolitana del valle de México, y se funda la Universidad Pedagógica Nacional. Sin embargo, muy pocos jóvenes de los sectores más pobres de la ciudad tuvieron acceso a esta educación.

En el mismo sector, un fenómeno vigoroso de los años setenta, fue la agitación estudiantil comenzada en la década anterior, que creció y se multiplicó a pesar de los brutales episodios de represión vividos en 1968 y 1971.

Los alumnos de escuelas superiores de provincia y de la capital de la república, mantuvieron un enérgico activismo social, ante los escenarios políticos adversos, medios de expresión cancelados y represión como medida del estado ante los reclamos populares. La opción radical de la juventud inconforme fue que un número significativo de estudiantes de diversas universidades del país abandonará los cauces pacíficos y se integraron a las guerrillas urbanas, a grupos clandestinos y a los nacientes partidos políticos de oposición.

Como respuesta al desplome económico y a la represión ejercida por el sistema contra los estudiantes, se registró un crecimiento de los movimientos contraculturales adoptando el socialismo, los aires revolucionarios, la música rock y luego el punk como vehículos que sirvieron para mostrar el rechazo a un sistema antidemocrático y corrupto.

En las colonias pobres del poniente de la ciudad de México, de manera paulatina algunos jóvenes se fueron integrando a preparatorias Populares, a la Universidad Nacional Autónoma de México y a otras instituciones educativas, con ello, el mensaje de la agitación estudiantil fue permeando en el ánimo de otros jóvenes que sin acudir a escuelas de educación superior, fueron compartiendo la necesidad de igualdad y apertura de los espacios políticos y sociales.


Además, que de manera natural, se fueron identificando las desigualdades entre las clases opulentas y las más pobres.

De esta forma también, llegó la represión sistematizada con la policía y después con la temible División de Investigación para la Prevención de la Delincuencia (DIPD), de Arturo (el Negro) Durazo, en el periodo presidencial de José López Portillo, situación que fue acumulando en muchos jóvenes, odio y resentimiento a la autoridad, manifestada en múltiples escaramuzas después de 1978, con las ya conformadas Bandas Juveniles.

Con este ambiente, se registró un crecimiento exponencial de delitos y el aumento de la criminalidad en las crecientes ciudades del país. para 1975 se habían cometido 60,012 delitos del fuero común. Diez años después, la incidencia aumento un 56 por ciento al verificarse 105,838 delitos.

Contadores SDV

 

octubre 15, 2020

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